El otro día fue un chiste, algo fuera de lo normal, surreal. Tomé el avión a México para ir a una boda en Puebla el viernes en la noche, la fiesta era el sábado, aproveché el domingo para atender negocios pendientes: molestar a mi hermana, ganarle a un amigo en tenis, ir a pasar lista a la iglesia del pueblo, entre otros asuntos atrasados; agenda llena.
El plan era tomar el avión de las 5:50 de la mañana del martes, que terminó siendo el de las 8:30 para aterrizar a las 9:30 am en Reynosa y manejar a Texas.
No traía cosas, odio las maletas, viajé con mi mochila con película antirrobo a base de mugre y mi bolsa de mano. Desmadrugada llegué a la frontera, el oficial de migración me preguntó lo de siempre: ¿a qué fue a México?; «a una boda», fue mi respuesta automática, así contesta uno cuando dice la verdad. Cualquier persona normal sabe que la madre y al oficial de migración no se les miente.
-¿Y dónde fue la boda?-. Preguntó insistentemente.
-En Puebla
-¿Cuándo?
-El sábado.- Se me quedó viendo, me pidió abrir la cajuela y revisar el asiento de atrás, despues preguntó muy preocupado:
-¿Y con qué fue a la boda? No trae equipaje…
-Fui con un vestido prestado y con los mismos tenis negros que traigo ahorita.- Respondí de nuevo con la verdad y también ofrecí mostrarle fotos de la boda… y de mis tenis.
Pero no, eso no era posible, cualquier mujer que viaja a una boda sin maleta, sin kilos de equipaje ni montones de maquillaje resulta sospechosa. El oficial ya no me escuchaba, sólo tomaba notas.
– ¿Y por qué no trae maletas?-. Preguntó de nuevo.
– No me gusta documentar, es caro y complicado, y todo lo que podría necesitar lo dejé en casa de mis papás.
No me respondió nada, sólo sacó una hoja naranja que puso junto a mi pasaporte y le entregó ambas cosas a otro oficial de migración. Me pidieron estacionarme en el carril de revisión número uno. Esperé como cinco minutos mientras hablaba con otro oficial a quien le entregaba mi pasaporte y la temida hoja naranja. No alcancé a escuchar nada, después se acercó el segundo oficial y me pidió que abriera la cajuela y el cofre; le explique que mi coche era rentado y que tenía media hora de manejarlo, pero que ahora mismo investigaba cómo funcionaba todo.
-Let me know if you need something else.- le dije con la voz más cariñosa que me salió. Luego me respondió en Spanglish:
-Solo esperar, please.
En dos minutos pusieron el auto «Patas arriba» y regresaron todo a su lugar. Volvieron a donde me dejaron esperando, me pidieron abrir mi bolsa y mi mochila de altísima tecnología antirrobo: encontraron unos calzones, una playera, un top, pasta de dientes, un calcetín huérfano, libros, mi cuaderno, celulares, cargadores, un cargador extra sin celular, recibos, una cartera con morralla de pesos y dólares revueltos, lentes de contacto, toallas sanitarias, una pelota de tenis, un Rosario, una edición miniatura del Nuevo Testamento, y dos o tres triques más.
Ya habían revisado el coche y todo mi basurero pero me preguntaron (nada más por no dejar): ¿alcohol? ¿cigarros? ¿carne? ¿fruta? No-no-no-no.
-Está bien, ya se puede ir.- El oficial #2 entregó la hoja naranja y mi pasaporte al oficial #1. Me dio mis cosas y las llaves del carro, todo junto con una mirada espantosa que decía «por esto perdí mi tiempo».
– ¿Algo más en lo que pueda apoyarlos?.- Pregunté.
-No.- Yo sonreí.
-Welcome to the USA.- Eso le dije a la mujer ojerosa que vi por el retrovisor mientras encendía el coche y comenzaba a pensar en un equipaje decente para la siguiente boda.

Yo pondría dos o 3 libros de tu poesía para que te dijeran you are a writer con mucho gusto!!!!
Me gustaMe gusta