Entre Palabras y Golpes: Comprendiendo las Dinámicas Humanas

Ayer tuve una conversación profunda. Lo digo medio en serio y medio en broma; el tema a tratar era los diferentes tipos en los que me enseñaron a clasificar a las personas:

  1. Los que entienden con palabras.
  2. Los que entienden a golpes.
  3. Los que no entienden.

Los que entienden son la gente fácil, aquella que, como decía mi exjefe venezolano, “para bola”, es decir: que hace caso (traducido a mi nativo español chilango). Son las personas a quienes, si les dices que algo te molesta, te incomoda o que se equivocaron, harán lo posible por arreglarlo. Te pedirán disculpas, se sentirán apenadas (o al menos actuarán), tratarán de que sea diferente la siguiente vez y, si las diferencias son irreparables, buscarán un punto medio.

Esa gente comprende que hay cosas no negociables. Mi esposo sabe que odio con toda mi alma que se levante tarde en la mañana y que no voy a tolerar a nadie dormido después de las 10 a.m. Entonces, cuando nos casamos, él aceptó adelantar su reloj dos horas para estar de pie a una hora más normal para mí, y yo decidí entender que soy sola de las 6 a las 9 de la mañana.

Las personas que entienden con palabras hacen arreglos, tratos, intercambios y se ajustan a las convenciones sociales o a los requerimientos familiares.

Después están los que entienden a golpes. Estas son las personas que solo comprenden las lecciones cuando ya se han equivocado, cuando ya se han enojado con ellos o incluso cuando han sido expulsados, cancelados o bloqueados. Aquí se encuentran los niños que vivían permanentemente castigados o regañados, para quienes se creó la frase “la letra con sangre entra”.

En este grupo también están quienes tocan fondo tras fondo y a veces chocan con el centro de la tierra porque ya no hay más fondos. Son aquellos que entienden a través de accidentes, rupturas, divorcios, demandas, idas al bote o enfermedades. Pero, al final, a la mala, logran entender.

Finalmente, tenemos al grupo más difícil: aquellos que no entienden o que, más bien, no quieren entender. Se trata de personas que siguen igual, pase lo que pase. Algunos libros y canales de YouTube les llaman narcisistas, psicópatas, inmaduros, entre otros. Son quienes van por la vida lastimando y lastimándose, sin aceptar que han hecho mal y sin tomar en serio la necesidad de corregir sus defectos de carácter.

El problema es que, a veces, quienes pertenecemos al primer y segundo grupo los confundimos con personas de los nuestros. Pensamos que entenderán con palabras pero que aún no hemos encontrado las correctas, o creemos que algún golpe fuerte los hará entrar en razón. Sin embargo, a lo mucho se disfrazan de buenos entendores con tal de manipular, obtener provecho o hacer que se nos olvide su falta de conciencia o sentido común.

¿Qué hacer con la gente que no entiende? Como bien dice la escritura en Mateo 18:17: “trátale como si fuera un pagano o un cobrador de impuestos”. En resumen: adiós.

El problema es que, a veces, este tipo de personas nos arrastran hacia su grupo, cerrando nuestra mente y evitando que entendamos que son ellos los que no comprenden. Y, aunque seamos gente empática y pensante, terminamos uniéndonos al grupo de quienes no tienen la capacidad de entender, y vamos a ciegas, en círculos, tratando de lidiar con esos individuos que consumen nuestra energía y nuestro tiempo.

Lo difícil de la vida es dejar ir a estas personas sin enojarse, sin desearles el mal, sin vengarse; solo acompañarlas a la puerta, mandarlas con Dios, dejarlas ir y permitirles que se lleven lo que quieran, mientras entendemos que tendremos que repetir esta operación una y otra vez, porque volverán cuando menos lo esperemos.

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