“Así habló Zaratustra”: un viaje entre vida y filosofía

Ayer volví a abrir las páginas de mi libro favorito: “Así habló Zaratustra”. Lo leí hace como 8 años durante mi paso por la carrera de Filosofía, cuando intentaba tener dos trabajos y sacar una segunda carrera, mientras que jugaba a ser Lady Madrid. 

Nada funcionó, suspendí Filosofía por regresar a Estados Unidos y empezar de cero; los dos trabajos se convirtieron en tres cuando empecé a vivir en Texas porque a pesar de que yo sentía que en México trabajaba mucho, resultó ser que en USA eso es lo normal, incluso lo esperado.

Y lo de ser Lady Madrid poco a poco comenzó a apagarse. Quién no haya escuchado esa icónica canción de Leyva porque es demasiado joven o demasiado adulto le recomiendo que lo haga; además de ser un homenaje a la capital española, es una oda a la mujer libre… “la estrella de los tejados, la más rock & roll de por aquí, los gatos estábamos colgados… Lady Madrid.” Sigo pensando que es una canción hermosa, aunque ya no vive en mí. 

Pero el “Así habló Zaratustra” trasciende a la carretera errante de mis veintes donde lo único que lograba entender de mi voz interna era la bocina del GPS que dice “recalculando”. Las páginas de ese pequeño volumen de Nietzsche lograban ponerme en orden y hallar el sentido cuando no entendía cuál era la ruta. 

Hay dos capítulos que particularmente me marcaron: “Las tres transformaciones del ser” y “De la Voluntad”. 

Las tres transformaciones del ser postulan que el ser humano pasa por tres etapas: el camello, el león y el niño. Primero el camello, agachado y sin carácter:

“¿Qué es pesado?, así pregunta el espíritu de carga, y se arrodilla, igual que el camello, y quiere que lo carguen bien. ¿Acaso no es humillarse para hacer daño a la propia soberbia? ¿Hacer brillar la propia tontería para burlarse de la propia sabiduría? Con todas estas cosas, las más pesadas de todas, carga el espíritu de carga: semejante al camello que corre al desierto con su carga”.

La segunda transformación viene cuando el camello avienta todo el peso que trae para volverse león: “quiere conquistar su libertad como se conquista una presa y ser señor en su propio desierto.” Necesita enojarse e incluso convertirse en enemigo de sí mismo para dejar ir lo viejo y construir sus propios valores.

La última transformación es la del niño: “¿qué es capaz de hacer el niño que ni siquiera el león ha podido hacer? ¿Por qué el león tiene que convertirse todavía en niño? Inocencia es el niño, y olvido, un nuevo comienzo…” 

Las tres transformaciones siempre están vivas, hay días que amanezco con la joroba del camello y se quita al cabo de unas horas, otros despierto con un rugido de león que se entromete entre mis palabras, y cuando por fin la sabiduría llega para poner orden siento que ya nada importa y abro la mente para despertar la curiosidad del niño que aún vive en mí. 

Las transformaciones pueden ser cíclicas o no serlo, pueden durar años u horas, ir y venir en cada capítulo de la vida.

La otra parte que definió mi forma de pensar se titula “De la rendición”, y es allí donde aprendí a amar en retrospectiva, no sólo a aceptar el pasado como sucedió sino apropiarse de él mediante la frase “así lo quise”.

Hay una palabra que me da náuseas “empoderada”, quizás por que se ha hecho excesivo uso de esta palabra para definir a la mujer occidental postmoderna. Sin embargo, es el adjetivo que puedo utilizar para describir la sensación de mirarte al espejo después de haberte recriminado decisiones pasadas y en lugar de dar explicaciones y excusas, simplemente pronunciar tres palabras mágicas: así lo quise.

¿Por qué fracasaste en el amor? Porque elegí a la persona equivocada (así lo quise). ¿Por qué cambiaste de carrera? Porque así lo decidí (sinónimo). En palabras del Zaratustra: “Todo ‘Fue’ es un fragmento, un enigma, un espantoso azar – hasta que la voluntad creadora añada: ¡pero yo lo quise así!”

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