Hace unos días fue el cumpleaños de mi padre y le escribí una felicitación póstuma a la que muchos reaccionaron con algo de sorpresa y a la vez cariño, ya que pocas veces he hablado sobre las cosas que no eran tan positivas, o perfectas, porque en las relaciones e hijos difícilmente lo es.
Me costó trabajo, no porque tuviera problemas serios sino porque llegué a mimetizarse tanto con la personalidad de mi padre que fue difícil separarme y establecer un guión de vida propio. Desde siempre me dijeron que yo era como él, así en lo bueno como en lo malo. Las expectativas eran altas y a la vez, punzantes. Desde mi mamá enojada diciéndome a los cuatro años que yo perdía los útiles escolares igualito que mi padre hasta un jefe en una agencia de publicidad diciéndome que yo no era tan creativa como él. Lo amaba (y aún lo hago) pero también llegué a alucinarlo, porque cada vez que intentaba ser diferente, parecía tener el efecto adverso y terminaba pareciéndome más.
Algunos saben que mi segundo nombre es Fernanda, y desde que tengo uso de razón decidí no utilizarlo. Lo llevo como un patronímico al estilo eslavo, como “middle name” americano pero no lo uso como nombre personal; desde que tenía dos años sentí que era demasiado, la idea de compartir con él nombre, apellido y día de santo me abrumaba.
Ser él o no ser él. Ahí estaba la cuestión. Decidí que se podían los dos. Sólo que había que devolver aquello que no deseaba para mí y quedarme con lo que habría de florecer. Si bien no se puede elegir qué genes queremos conservar en el ADN (o al menos no es barato ni factible por ahora), la capacidad de decidir qué ideas y creencias se quedan es algo que no requiere un doctorado en biotecnología y un presupuesto millonario.
La principal idea que decidí devolver como se regresa un libro prestado fue la de que sólo hay una forma de hacer las cosas bien. Cito a mi padre cuando me veía tomar un camino más corto o hacer algo al aventón: “sólo hay una forma de hacer las cosas bien, el día que sepan de otra que me la presenten”. Con permiso y respeto me liberé de este mensaje, elegí que para mí hay muchas maneras de hacer las cosas bien, sólo es cuestión de buscar la más conveniente.
Junto con esta idea devolví muchas otras: el mandato de que había que ser joven para siempre, el culto a la delgadez extrema, el rechazo a abrazar la vida tranquila porque para él siempre había que ir corriendo de un trabajo a otro para pagar colegiaturas, el miedo al avance de la tecnología que lo hizo llevarse muy mal con las computadoras, la idea de que hiciera lo que hiciera, nunca era suficiente.
¿Será que estaré devolviendo muchas cosas? No, la lista de cosas con las que me quedé me ha dado para escribir un libro completo, y lo verán pronto.
