La Conexión entre Raíces y Nuevas Vidas

Cuando vives en otro país que no es el en el que te educaste, en el que creciste, en el que hablas el lenguaje nativo de la vida, es muy fácil no gustarte. Hay días en que quisieras borrar tu acento, cambiar tu historia y disfrazarte de alguien que no eres. 

No sé si esto es un lugar común, pero fue el sitio donde viví hasta 2025, el año en que solté la negatividad que me acompañaba en el día a día. Por fin acepté sentir lo que sentía: una soledad extrema por haber dejado la casa conocida y porque lo que había dejado ya tampoco existía y no estuve ahí para verlo transformarse. 

En mis primeros años de vivir en los Estados Unidos, durante los días buenos me sentía tonta, a secas, pero en los días malos me sentía más allá de idiota. Recuerdo cuando reprobé mi examen de manejo porque, simplemente, la idea de manejar con un policía en mi automóvil desembocó en un ataque de pánico que me dejó llorando y sin poder respirar bien durante tres días. 

En México les tenía terror a los policías de tránsito, y no porque hicieran nada malo, sino porque mi padre nunca quiso tener una licencia de manejo ni un automóvil en regla. Entonces, cada vez que lo paraban por conducir rápido o por pasarse un alto, era un gran problema. A veces la vida la vemos con los ojos de niños en un cuerpo grande; entonces, con estas historias, lo último que quería junto a mí era un policía.

Mi esposo me ayudó a cambiar esto haciéndome repetir como los tiburones de la película de Nemo: “los peces son amigos, no comida”, “los policías son amigos, no comida, o no eres su comida, más bien”.  Hasta que, un día, pasé el examen y me di cuenta de que era lo más fácil que existe. 

Otra experiencia horrible fue trabajar en envíos de e-commerce y tener que hablar con los call centers de Fedex y UPS, porque lo único que entendía era “rarararara…. Rararararar”. En mi mente yo hablaba inglés, pero el teléfono y la gente que habla en los call centers son otra historia. No entiendes nada. Pero a veces la solución que uno tiene es simplemente aceptar los problemas. Empecé a decirles a los representantes, en el tono más amigable que podía, que por favor me hablaran en inglés, lento y claro, que me costaba trabajo entender y que me tuvieran paciencia.

La mayoría de la gente se portó bien. Hasta que un día me di cuenta de que ya no era necesario hacer esta aclaración; me había acostumbrado a su inglés arrastrado y a su sistema de telefonía horrible, en el que la voz rebota como el motor de un auto viejo.

Tener que justificar mi origen y explicar quién soy fue quizás la parte más difícil. No sabía qué contestar porque ni yo lo tenía claro. ¿De dónde eres? Me preguntaban y mi mente se hacía bolas. Nací en El Paso. Me educaron como capitalina, viviendo fuera de la Ciudad de México porque mis papás ya no querían estar ahí, aunque iban todo el tiempo, y estudié en la Ciudad Universitaria. 

Un día me pregunté por qué me molestaba tanto esa pregunta de “¿de dónde eres?”. Sentía que me encasillaba en algo que no era y me obligaba a ponerme etiquetas con las que no me hallaba. Me di cuenta de que la molestia venía porque ni siquiera yo misma lo sabía. 

Empecé a buscar, a indagar dentro y fuera. Conocía muy poco de mi familia y de sus orígenes. Me di cuenta de que así como yo me fui, ellos también se fueron y dejaron atrás lo que tenían en otros lugares. Del lado de mi padre, mi abuela y mi bisabuela dejaron los paisajes de los Altos de Jalisco para irse a buscar suerte a la capital, llevando con ellas su fe escondida para sobrevivir a la Revolución y a la Cristiada. 

Mi tatarabuela dejó Nochistlán de Mejía, la primera Guadalajara, para casarse a los 14 años con un hombre que le doblaba la edad y con quien tuvo muchos hijos. Del lado de mi madre, mi bisabuela dejó la Huasteca veracruzana para irse al bullicio de las calles del centro de la Ciudad de México. 

Las memorias de la Huasteca surgieron en la última conversación coherente que tuve con mi abuela. Le conté que mi amiga Ana se había casado en una villa a media hora de su natal Chiconamel y que me había hospedado en el Hotel Oviedo de Huejutla. 

En ese momento, mi abuela volvió de su mundo sin memoria y me dijo que iba a Huejutla en burro cuando era niña y que el Hotel Oviedo era un hotel de cinco estrellas de los años treinta. Me contó que, de creció hablando náhuatl, la lengua en la que se celebró la boda de mi amiga Ana, y recordó hasta los caminos y los nombres de las calles. 

A veces las familias olvidan lo que son en nombre del progreso. Pensamos que cancelar nuestra lengua, suspender nuestras costumbres y dejar lo que somos nos llevará automáticamente a una vida mejor. Pero hay algo que aprendí sin regresiones mentales ni sesiones largas de constelaciones familiares: la mente puede dejar ir las cosas, pero la sangre no olvida. 

Las pérdidas, los duelos y los secretos quedan en nosotros. Y lo bueno es que no sólo el dolor y las heridas, sino también las cosas buenas: la fe, el gozo y la fuerza. Conforme seguí estudiando a mi familia, empecé a ver mi religión y mi fe más como una herencia que me dejaron mis ancestros que como un traje cultural que ya no se usa. 

Dejé de ver mi español nativo como un defecto que ensuciaba mi inglés aprendido y lo convertí “en la casa de mi alma”, como dice el poeta Jorge Cocompech. Abracé mi piel quemada como el manto que cubrió a mis abuelos mientras trabajaban en el campo. Dejé de jugar a encontrar las diferencias con mi origen y a buscar las convergencias y entendí que todos venimos de lo mismo. 

Un día me quedé dormida mientras investigaba sobre mi familia. Medio dormida y medio despierta, me imaginé a esas mujeres que vi muy poco o no conocí, mi abuela, mi bisabuela, mis tías, en fin. No sé quién era; juro que era mi bisabuela María, tal vez mi bisabuela Amalia, quizás las dos siendo una sola, aunque no estoy segura. La cosa es que una de esas mujeres me dijo: “Ya no me busques, ¿qué no ves que soy yo?”.

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