Adiós a la Bestia

Tuve más de una fiesta infantil con tema de La Bella y la Bestia. Creo que dos y en una de ellas mi hermano hizo él mismo una botarga de la Bestia y bailó conmigo después de saludar a todos mis invitados que asistieron al magno evento celebrado en algún McDonald’s de la Ciudad de México en febrero de 1994, cuando vivíamos la era dorada del gigante de la comida rápida.

El olor a papas fritas con helado tenía la capacidad de devolverme al evento del que, a los cuatro años, una vez fui ama y señora. Disfruté tanto esa fiesta que, al terminar, les dije a mis papás algo que he honrado cada día de mi vida: “me quiero quedar de cuatro años, pero de cuatro años para siempre”.

Y sigo aquí, de cuatro años multiplicados por casi nueve. No he cambiado mucho; creo que siempre he sido más o menos igual, pasando de ser un adulto chiquito a un niño eterno. Es lo mismo.

El McDonald’s me acompañó un poco en mi vida adulta; ahí tuve algunas de las primeras citas con mi esposo; nuestras primeras conversaciones profundas se gestaron entre un pay de manzana y un café quemado.

Después empezó a irme un poco mejor en la vida y dejé de ir. Ya no me apetecía estudiar junto a las familias de ocho comprando desayuno en pijama a las 11 de la mañana. 

Al mismo tiempo que McDonald’s estuvo conmigo en las buenas y, sobre todo, en las malas. La idea de la Bella se metió muy adentro de mí. Más allá de la princesa de Disney con vestido amarillo, quedé marcada por el personaje original de Madame de Beaumont, la Bella, que, mediante su bondad y entrega, tiene la capacidad de volver a la bestia a ser humano y convertir lo malo en bueno.

La imagen de la Bella me dio un modelo a seguir para sobrevivir a los años de escuela en los que no encajaba por más que trataba. Pensaba que siendo extremadamente buena y servicial algún día me querrían y aprobarían

Lo mismo sucedió en mis primeras relaciones con el género opuesto y en mis primeras experiencias laborales. Yo era la Bella, y cómo ella podría convertir a toda esa bola de bestias en una suerte de humanos. Solo habría que darles suficiente tiempo, amor, tolerancia y no sé qué más.

El problema fue que hice a la Bella tan mía que se me olvidó cómo sería la vida sin Bestias a quien agradar y transformar. Todo el tiempo haciendo méritos e invitando a cafés en busca de ganar la aprobación y el cariño de la gente que al principio parecía indeseable. Gente que, sin razón aparente, parece que su vocación es hacerle la vida imposible al prójimo.

Algunas veces funcionó. Personas que al principio parecían hurañas e insatisfechas se convirtieron en personas de bien o al menos normales. Pero he de reconocer que la mayoría de las veces fue sumamente cansado, desgastante y, sobre todo, caro. Porque, al parecer, mi personaje de La Bella se convirtió en el imán que atraía a bestias de todas las especies y tamaños.

El año pasado me regalé ir con mi hermana al restaurante de La Bella y la Bestia en Disney World. Las memorias de mi fiesta de cuatro años se hicieron presentes, vi el lugar con mis ojos de cuatro años que se quedaron para siempre, y me encontré en el espejo mágico a esa niña vestida de Bella que quería usar el poder de su bondad para mejorar a sus padres y a sus compañeros de escuela. 

Le dije que era momento de volver al taller, a su lugar feliz, de empezar cosas nuevas sin ocuparse de convertir a los demás en príncipes humanos. Es hora de decir adiós a la Bestia, de preguntarse si las buenas acciones vienen inspiradas por la ética personal y el deseo de ayudar, o si vienen motivadas por otra actuación de la Bella, que trata de embellecer a otra Bestia.

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