El mejor recuerdo que tengo de mi abuela vino a mi mente ayer. Como la mayoría de las memorias más bonitas de la vida, este momento pasó desapercibido. Lo recordé de la nada, con la nitidez de una película y lo entendí todo.
Mi abuela fue la madrina de bautismo de mi hermana. No sé en qué momento ella se anotó para tomar semejante compromiso, mi abuela jamás anduvo presumiendo ser una mujer devota, ella escondía su fe detrás de un rosario de críticas, humor negro y comentarios inopurtunos tan precisos que no podían haber sido mejor dichos. Una persona que jamás perdió la oportunidad de decir lo que pensaba al rojo vivo.
Sin embargo, cuando mi padre le invitó a ser madrina mi hermana menor, ella aceptó a pesar de su antipatía mutua. Mi abuela le tenía a mi padre el afecto que cualquier madre le tiene a un señor de casi su misma edad que se embarca con su hija recién salida de la adolescencia. Hasta eso mi abuela era decente y le daba el saludo, al que mi padre respondía con una elocuente conversación que incluía tres vocablos y un silencio: “buenos días, Señora”.
Mi abuela aceptó y tomó ese compromiso, pero un día antes de la fiesta decidió compartir el compromiso con alguien más: conmigo.
-Tú también vas a ser madrina.
-Pero tengo siete años.
-¿Y qué? También puedes ser madrina.
Mi abuela iba en serio, se acercó al padre y le dijo: “Mi nieta grande también va a ser madrina”.
No sé qué le hayan dicho, pero lo que sí vi es que cuando nos entregaron el documento con la Fe de Bautismo de mi hermana, mi abuela sacó la pluma de su bolsa y escribió mi nombre junto al de ella en la línea donde decía “Nombre de la madrina”. Me pidió que lo firmara, nunca había firmado nada más allá de la credencial de la escuela. Mi abuela les informó a mis padres con toda seriedad de este título compartido: “Andreita también es madrina”.
Cada fin de semana que nos visitaba y acompañaba a misa me lo recordaba, hasta que un día lo olvidé. Sin embargo ahora que volvió ese suceso a mi cabeza, me doy cuenta del compromiso que sembró en mí. No era una broma o un capricho, ella decidió compartir una misión de vida conmigo: ser la madrina de mi hermana, y me lo recordó.
Estaba escuchando el canto de “Oh Maria, madre mía, oh consuelo del mortal”, no sé por qué me apeteció escuchar eso mientras manejaba hacia la gasolinería, pero lo necesitaba. A las pocas horas supe que mi abuela ya no estaba.
“Disclaimer”: No estaba segura de publicar esto. No me siento con la capacidad de ser madrina de nadie, ni ahora ni a los siete años. No sé llorar en el momento oportuno, no sé rezar, no sé dar apoyo moral, por eso escribo.
