Alicia, la del país de las quesadillas

Conocí a Alicia en algún mes de 2014 o 2015. Creo que empezó como freelance en la agencia de marketing en la que trabajaba y me parece que se quedó para siempre. Y así como le respondió el conejo a Alicia, la del País de las Maravillas: “para siempre, a veces dura un segundo”.

Y así fue, sólo que el para siempre de mi Alicia duró unos meses, o un poco más. Cuando Alicia firmó su sentencia o carta de oferta para trabajar en una compañía de WPP, se convirtió en una de mis jefas. La empresa donde trabajábamos tenía una estructura matricial en la que cada persona tenía que reportar y llevarse bien con dos o tres personas al mismo tiempo. 

La primera vez que trabajé con Alicia nos quedamos hasta el día siguiente haciendo “un pitch” para una marca de teléfonos chinos. Me pidió que escribiera un racional, luego un manifiesto, luego unos posteos. Me pedía correcciones en español chileno que mi mente no entendía: weona, al tiro mándame la wea, ¿cachai?

Yo le decía que sí mientras pensaba “¡Dios mío!”. Me hallaba en una época de mi vida en la que no estaba para que me devolvieran las cosas ni para volver a hacerlas. Tenía veintitantos años y me encontraba muy feliz con mi título de “Creative Writer-Senior”, que, para mí, me daba el derecho a hacerlo todo bien. Pero para ser senior, la verdad, me faltaba comprar algunas canas y unos cuantos gramos de cerebro.

Al día siguiente de la desvelada, Alicia me pidió que siguiera trabajando en el manifiesto porque “le faltaba”. Ya un poco desesperada le pregunté qué le hacía falta al mugre manifiesto. Para quienes no trabajan en este asunto, un manifiesto es un texto en el que se expresan el propósito, los valores y las creencias de una marca, empresa o campaña en particular. En pocas palabras, un poema que te pagan por hacer

—Alicia, enséñame a escribir. Le pedí casi llorando.

—Pero si ya sabes escribir —me respondió. 

—¿Entonces?

—No necesitas aprender a escribir; necesitas aprender a ser tú y dejar de hacer weas para que te feliciten y te hagan sentir bien. Pensar con el alma y no con el ego. 

—¿Cómo?

—Vamos a desayunar el fin de semana y platicamos. 

Quedé de ver a Alicia un sábado por la mañana en un iHop. Platicamos sobre hot cakes. Cada vez que algo le sonaba a drama, me respondía con su “Ay, Marimar, señorita telenovela”. Le conté que quería ser escritora; me preguntó qué y por qué. Le contesté de inmediato: «Quiero que la gente lea lo que escribo y le guste». 

“¡Ese es el problema!”. Exclamó. “A eso iba el día que te ‘putie’ por el manifiesto”. “Necesitas dejar de escribir para que le guste a la gente y empezar a escribir para ti, para entenderte tú. Cuando no te importe la opinión de nadie, ni la mía ni la de la gente que lee lo que haces, entonces vas a poder experimentar y escribir como quieres.”

Sonaba fácil; no lo fue. Intenté, hasta que un día encontré mi verdadera razón para escribir:

Salirme del mundo que a veces no me gusta y, mediante las palabras, entrar a otro universo del que yo tengo la llave. Un espacio con mis reglas e interpretaciones”. Escribir para mí es tomar algo que  me mantiene cuerda en un mundo que, para mí, es de locos; para hablar con un poder superior que siento que, al escribir, me escucha; y para conectar con la intuición que se resiste a conversar con mi yo del mundo real.

Publicar es solo una invitación a entrar de visita o para siempre en este mundo mío. Es como yo veo las cosas; no significa que así sean o deban ser. 

Alicia, siendo tan ella, me enseñó a ser yo misma. Aprendí mucho de Chile, probé el curanto, y junto con ella me puse de pie cuando sonó el himno Chile antes de un partido de futbol. Alicia me abrió las puertas de su casa y de su corazón, y me compartió su fascinación por el país de las quesadillas. 

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