Crónica de una mudanza anunciada

Nada en la vida me deprime tanto como las mudanzas; o sea, esa sensación de saber que tienes mil ocho mil cosas que no sabes ni dónde van, ni de dónde salieron ni cómo las vas a empacar es horrible. Sacas las cosas, las limpias, encuentras el papel que hace dos meses estabas buscando como idiota, te das cuenta que tu ex libro favorito ya se rompió, deshojó y se llenó de humedad; topas con miles de volantes de pizzerías y de lugares de comida increíbles, y te preguntas ¿por qué en todo el maldito tiempo que viví a dos cuadras de ahí nunca fui?

Así la cosa, el asunto se pone peor cuando llegas a la parte de la ropa; sale a relucir la contradicción de por qué si tienes tantas cosas diario te pones lo mismo. Las primeras diez playeras las doblas súper bien, ya las siguientes las haces bola. Metes todo en maletas como si estuvieras apretando gente dentro del metro a la hora pico.

La parte de la ropa es encabronante, la de los libros y papeles desencadena una fase depresiva: poemas a la mitad, cuadernos con pendientes que no hiciste, cartas de amor que no entregaste, libros que no terminaste y blablala. En fin, hojas y hojas que creías basura de pronto reviven y te piden a gritos que no las tires.

Ayer me tocó hacer una mentada mudanza, empecé metiendo la ropa a las maletas, cuando se acabaron las maletas aplasté todo en bolsas negras de basura y salté sobre ellas para comprimirlas. Con los libros no podía hacer lo mismo; no, mis libros son sagrados, no pueden ir aplastados en maletas, menos mi ejemplar sagrado de “Entrevista con la historia” de Oriana Falacci o mis libros de fotografía. A ellos los acomodé con todo cuidado en un guacal que me robé de la basura de un tianguis. Después me arrepentí porque el mentado guacal atascado de libros pesaba un montón.

Así transcurrió la mañana, cuando me harté de estar empaque y empaque decidí que la mayoría de lo que estaba guardando era basura, y el “mood” depresivo se convirtió en valemadrismo; ese momento en que ya no te importa ni que tienes y quieres enviarlo por DHL al carajo (¿será muy caro? ¿la dirección se escribirá “ocurre” o hay que sacar el domicilio de Google Maps? No me hagan caso, tanto trique me hizo alucinar).

Si pensaba que la pesadilla era guardar y guardar cosas, la pesadilla mayor fue llegar al destino y tener que sacar todo otra vez, y además acomodarlo. ¿En qué momento acumulé tanta pendejada? Te preguntas mientras sacas y sacas todo al ritmo de un paciente con trastorno obsesivo compulsivo.

A las tres de la tarde tenía sueño y hambre; mitad reales, mitad emocionales. Me dirigí a la cocina a hacerme algo, pero me dio tanta flojera sacar ollas (¿más cosas que lavar y guardar? ¡no por favor!) que preferí comer cereal con leche y plátano como si fueran las ocho de la mañana. Los dos platos de Special K que me comí me dieron mal del puerco, así que me acosté a dormir en mi cama llena de triques, a los que abracé como si fueran mis elefantes de peluche. Soñé que tenía que arreglar un tiradero horrible, después desperté y vi que no era una pesadilla, ¡era verdad! Aún no había terminado de sacar las cosas de las bolsas y las cajas. Pos ya ni modo, a seguirle.

La cosa de las mudanzas siempre es igual, eso de mover y tirar cosas parece tener efectos químicos dentro de uno, así como mueves y acomodas triques, trapos y fierros; resulta que haces lo mismo con toda la basura que acumulas dentro de tu cabeza.  A veces lo único que queda de estas molestas mudanzas es aprovechar para poner en orden todo lo que el cerebro guarda, y a partir de ahí, dejar ir todo eso que ya no debe vivir ahí.

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