La historia del salón de belleza

Pues resulta que ayer decidí convertirme en una señorita decente; bueno, la verdad es que no del todo: Dios me obligó. ¿Qué? Se preguntarán algunos; sí, no me quedó de otra más que aparentarlo; cuadrarme y hacerle caso, después de que todas mis amigas, amigos, mamá, papá, hermana, novios y demás habían intentando ¡por mucho tiempo! llevarme al salón de belleza en repetidas ocasiones, ayer después de dos años y medio de no hacerlo, acepté meterme en un tugurio de esos a que me cortaran el pelo.

Le hablé a mi mamá y le conté; iba manejando en la carretera y creo que casi choca. ¿Acaso le estoy diciendo que me voy a casar con el de los garrafones? No, no no; sólo le mandé una foto con mi cabello arreglado bien y mis ojitos pintados; pero viniendo de mí es suficiente para sacarla mucho de onda.

Quienes me conocen o leen seguido este blog ya saben que soy una facha, la tosquedad en persona: sí, en mi casa dicen que soy Hércules en la versión “antes de que lo entrenaran”, o sea: flaca, tosca y ñanga; o bueno, mi hermana lo abrevia y sólo me dice “Hola ‘Hércules sin entrenar'”. Ese es el nivel de mi desgracia: todo lo tiro, todo lo arruino, todo rompo, y la ropa más garrienta siempre es mi uniforme.

Pero bueno, ya me perdí, estaba contándoles cómo fue que me metí en un salón de belleza ayer. Pues miren, andaba caminando por ahí de las 7 de la noche por la Colonia Roma cuando empezó a llover terrible; no podía hacer nada más que meterme debajo de un techito y abrazarme solita esperando que el aguacero bajara un poco (o que llegara alguien a abrazarme bien), pero casualmente el espacio en el cual me refugié era la lona de un salón de belleza; vi hacia adentro: no se veían mal las cosas que saldrían de ahí (obvio después de que pasara la lluvia) y entonces, en un momento de debilidad y de mucha agua, me metí y pregunté si me podían cortar el pelo.

Okey, ahí empezó todo: el fulano que me cortaría me preguntó que cómo lo quería, la verdad es que mi terminología en cosas de belleza está al nivel de lo que podría conversar si ahorita me fuera a vivir a Japón: “sayonara”, “arigato”, “hito”, “kimono” y Murakami; o sea, nada. En idioma de belleza sé decir “corte”, “despuntar”, “tinte” y ya. O sea, estoy peor, así que no le pude explicar mucho.

Intenté darme a entender, tal cual como si hablara un lenguaje diferente, y le dije que no quería deshacerme de mi pelo larguísimo, que aprovechara lo que ya traía. La cosa siguió, me lavó el pelo (si de por sí ya lo traía todo mojado), me dijo que mi cabello estaba seco como estropajo y me preguntó si me ponía un tratamiento para que por lo menos estuviera menos peor. Ni le cuestioné: ¡hazme lo que quieras! Ya estaba ahí, cualquier explicación enredada podría hacer que me arrepintiera y saliera volando (o nadando) de ahí.

Total, más o menos agarró la onda de lo que quería, me dio un “TV Notas” y empezó a tusarme, trasquilarme o como quieran llamarle. Yo sólo veía que el cabello caía y caía. Justo unos días antes había visto que las personas en Oriente dejan un mechón de cabello como señal de despedida, cuando irán a la guerra y ya no regresan; cuando saben que van a morir; “vale madres”, me dije a mí misma, “todo ese greñero alcanza para avisarle a todo mundo cuando ya sea hora de comprar mi depa en el Pedregal del Cielo, en Bosques del Infierno o en alguna colonia de ese target”. 

Estaba en pleno viaje pensando en mis ideas de muerte cuando el sujeto que me cortaba el pelo me dijo de la nada: “a ver, ¿cómo la ves?”. ¿Que cómo veo qué? Me cayó el veinte de que ya había acabado y que la fulana que estaba frente a mí en el espejo era yo, ¡si, yo! Sin nudos en la cabeza, sin orzuela, sin molote mal hecho… ¿eso podía ser yo? Pues ya qué..

No bueno, la neta es que sí me gustó lo que vi… “Debería venir más seguido”, pensé… Así aprovecho para pensar en mi epitafio mientras se me caen mechones y mechones de pelo, y de paso para echarle el ojo al  “TV Notas”, a veces hace falta.

 

 

 

 

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