El Paradizo o el cine que llegó a mi pueblo

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Fue un acontecimiento aquel día dosmilero en que el cine llegó al pueblo de Cocoyoc. Al lado de un taller mecánico y frente a un vado que causaba inundaciones y tragedias cada vez que lloviznaba un poco se erigió con poco presupuesto, pero con mucha dignidad, el “Cinema Paradizo”, sí “paradizo”, con “Z”. ¿Y por qué “paradizo”?, le pregunté a la dueña. La respuesta era muy sencilla: para no pagar derechos, en el hipotético caso de que alguien la acusara con Giuseppe Tornatore y le metiera una demanda millonaria por usar el título de su “obra maestra” para nombrar a un cine de quinta categoría.

El cine era un edificio de dos pisos, con luces neón fundidas, sólo recuerdo haberlas visto funcionar el primer día; tenía un estacionamiento con la pinta de un deshuesadero de carros robados y una rampa con olor a palomitas de microondas. El mostrador de las botanas y la taquilla eran la misma cosa. La dueña y sus hijos atendían; los boletos eran de colores, iguales a los “pilones” del catecismo o a los “tickets” de las keremesses, esos que puedes canjear por una subida al inflable, por un algodón de azúcar o por casarte “de mentiras”.

Sólo existían dos salas, ambas con sillas de madera que te dejaban el coxis adolorido cuando las películas tenían una duración normal, pero que te mandaban directo con el quiropráctico en caso de que la función fuera “El Señor de los Anillos” o cualquier otra cosa que tardase más de dos horas.

Las funciones de ese cine a veces estaban vacías, era quizás más privado que ver una película en Netflix en el sillón de tu casa, qué tiempos aquellos… creo que ni YouTube existía bien. Sin embargo, nadie se portaba tan mal por el terror de que apareciera la maestra de inglés o el maestro de computación en la fila de arriba, porque a veces la dueña trataba de persuadir a las personas de entrar a películas empezadas o de cambiar los horarios de las funciones para juntar la mayor cantidad de público posible y evitar tener películas casi solas. Había que ahorrar, y por esa misma razón las películas acababan cuando tenían que acabar, literal… no había créditos, ni canciones extra, ni escenas especiales.

Con todas las deficiencias que este “Paradizo” pudiera tener, el lugar se puso de moda, muy de moda, era quizás un gusto culposo pero todos iban, íbamos. Allí coexistíamos toditos: los niños de la “escuela bien”, los del Conalep, los del colegio “pato”, los de la secundaria técnica del pueblo, los de la prepa abierta y los ninis que ya habían desertado de todas las opciones anteriores.

En esta modalidad de cine vi películas como “Viernes de locos”, “Amar te duele”, “Madagascar”, “Los Increíbles”, y no me acuerdo cuales otras. Para bien o para mal un día llegó a mi pueblo bananero Wal-Mart, junto con los cines grandes y arrasaron con el Paradizo y su cartelera de películas infantiles atrasadas. Sin embargo, cuando paso por donde se encontraban sus salas rudimentarias pienso en todo lo que habrán visto esas butacas duras de madera…

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