Superando la Agotamiento Digital: Estrategias Efectivas

No sé si a ustedes les ha pasado, pero hace unos años el celular y la computadora hicieron equipo para robarme la paz y mi tiempo. Mis años adolescentes fueron la época de mi vida en la que me alcanzaban las horas para hacer demasiadas cosas: escuela exigente, tenis a tiempo completo, escribir todos los días, tocar el piano y, todavía, trabajar haciendo tareas ajenas y encargos. 

Aun así, sentía que no tenía tiempo. Pero, en retrospectiva, hacía demasiadas cosas y, cuando no estaba ocupada, podía pasar demasiado tiempo en silencio en mi cuarto, acomodando papeles o lavando mis zapatos. 

El tiempo frente a la computadora también era productivo. Aunque mi láptop de ese entonces era lenta y no tenía conexión a internet (mi mamá lo canceló un día que se desesperó porque no le hacía caso), yo tenía que ingeniármelas para que las cosas salieran. Normalmente regresaba de entrenar tenis a las siete u ocho de la noche, después iba a un café internet donde investigaba todo lo necesario, descargaba en una memoria USB todo lo que fuera a ocupar y finalizaba el trabajo en la casa por ahí de la medianoche. 

En esa época, Facebook ya existía y también un programa llamado MSN Messenger, donde uno podía pasarse las horas hablando con gente por texto, al estilo de WhatsApp. Sin embargo, como no tenía internet, no podía meterme en esto y había que terminar rápido. 

Mi vida social digital se limitaba a los fines de semana, cuando en vez de ir al café internet a hacer tarea iba a perder el tiempo. Entonces ahí les avisaba a mis amigos o familiares que “me iba a conectar” a cierta hora para que también se conectaran. A esa hora respondía correos y ponía estados en Facebook. Después, terminaba el tiempo en el “café internet” y la ventanilla se cerraba. 

Mi celular de esa época también se limitaba a las funciones que ofrecían los Motorola viejitos que se doblaban: avisar a mis papás a qué hora llegaba y si tenían que ir por mí. Si alguien me necesitaba, inmediatamente me marcaba a mi casa, dejaba un recado con mis papás y yo me reportaba cuando podía. 

Fue durante mis años de universidad cuando empecé a tener internet disponible todo el tiempo y un teléfono inteligente. A pesar de que también era bastante productiva, ahí fue cuando me metí en el tren de estar disponible 24/7. Cada notificación, cada alarma y cada mensaje eran asuntos de vida o muerte que debían resolverse inmediatamente. 

Con el trabajo esta situación se multiplicó por 10. Cualquier pregunta inocente de mi jefe fuera del horario laboral representaba para mí un gran problema que debía resolverse de inmediato. Sentía que, para mi crecimiento profesional, era necesario estar ahí siempre, y tal vez sí, pero ahora veo que pude haber hecho cosas de alguna forma mucho más inteligentes o cuidarme más. 

Mi cuerpo y mi mente no se adaptaron a este requisito de disponibilidad en todo momento. Se acostumbraron, eso sí, pero las consecuencias no fueron agradables: gastritis, ataques de pánico y la sensación de no ser suficiente, a pesar de estar siempre ahí. 

Mi necesidad de contestar rápido y la falta de descanso me llevaron a cometer errores o a responder sin pensar ni investigar, lo que me metió en más problemas y me hizo sentir peor. 

A veces llegué a pensar que la solución era irme al otro extremo, volverme una tía antigua, sin celular ni redes sociales, pero eso no es la realidad, ni para mi carrera ni para mis sueños. Entonces, acostumbrarme siguió siendo la forma más viable hasta que, hace poco, leí un libro que me hizo reflexionar y ver esta problemática de forma más inteligente; se titula, literalmente, “Agotamiento Digital” o “Digital Exhaustion”, de Paul Leonardi. 

El autor va directo al punto y sus explicaciones me hicieron entender por qué mi uso indiscriminado de la tecnología me llevó a un estado de hartazgo mezclado con ansiedad y apatía y por qué las recomendaciones comunes no sirven o no van con la realidad. 

Leonardi tiene una serie de reglas y prácticas que, en su mayoría, son bastante realistas y que, en lugar de ser solo recomendaciones médicas, tienen un racional que permite adaptarlas a las circunstancias personales de cada individuo. 

En primer lugar, te dice que hagas un inventario de las herramientas que usas y que reduzcas esto lo más que puedas. Si tienes dos programas que hacen lo mismo, canceles uno. Por ejemplo, si en tu trabajo usan Google Meet, pero para otras cosas usas Zoom, es mejor intentar hacer todo con Google Meet. Sé que a veces es complicado, pero tratar de usar menos programas para más cosas reduce la necesidad de tomar decisiones o de pasar de un contexto a otro. 

Después, gracias a este libro, entendí que existen dos comportamientos o tipos de personas: “batchers” y “streamers”. Batchers son aquellos individuos que tienen sus horas específicas para responder a llamadas y correos y que difícilmente van a contestar fuera de esta ventana de tiempo.

Por otro lado, los “streamers” son quienes, al ver un mensaje, lo reenvían, lo contestan o hacen algo al respecto. Ambos comportamientos son útiles y presentan pros y contras, por lo que deben usarse de manera intencional. Ser un “batcher” es particularmente útil cuando uno tiene que pasar largas horas concentrado en algo o en ciertas tareas del trabajo que dificultan una conexión constante; en mi caso puede ser cuando estoy dando clases de tenis. 

Otra ventaja es que las personas con las que trabajamos eventualmente aprenden nuestros horarios y tratan de solucionar las cosas por sí mismas y buscan contactar con nosotros cuando saben que estaremos en nuestra “hora batch”. 

El problema de ser un «batcher» muy estricto radica en que, a veces, pueden acumularse demasiados mensajes o tareas, lo que puede generar estrés y frustración. 

Las ventajas de ser “streamer” son que, si se hace bien, la gente se siente atendida y apoyada, pues tiene la confianza de que estarás disponible. Alguien que trabaja en servicio al cliente tiene que ser “streamer” la mayor parte del tiempo. Sin embargo, los streamers extremos se vuelven famosos por no prestar atención a las conversaciones reales o por no estar en el momento, porque siempre están en su celular, en mil cosas que no son el aquí y el ahora.

Otro problema de los streamers es que actuamos sin pensar. Contestamos mensajes por contestar, por hacerlo rápido y por demostrar que estamos disponibles. Lo cual a veces causa problemas. 

Lo que decidí adaptar personalmente es tener tiempos batch y tiempos stream, y, al mismo tiempo, comunicar a la gente cuándo son los momentos del día en que voy a estar más disponible para apoyarlos y prestarles la atención que se merecen. 

La tercera cosa que más me llamó la atención fue la regla de actuar con intencionalidad. En mi trabajo a veces usaba como excusa que tenía que buscar referencias o inspiración en redes sociales para tomar ideas. El problema es que me acababa distrayendo con otras cosas o respondiendo mensajes. Es una realidad que estar al pendiente de las tendencias ayuda mucho a generar buenas ideas; sin embargo, esas ideas difícilmente vienen a la 1 de la mañana cuando ya el cerebro comienza a quedarse sin batería. 

Entonces, es muy simple pensar en qué vamos a hacer antes de tocar el ícono de Instagram o Facebook: ¿ver referencias? ¿enterarme de qué están haciendo mis amigos? ¿chisme? ¿entretenerme con algo? Todas pueden ser una buena razón para meterse a ver cosas en redes sociales; el problema es que no sabemos ni qué estamos haciendo ahí.

Paul Leonardi propone varias reglas que, si cada uno lee el libro, le harán sentido a su manera.  Sin embargo, la que más me importó, o con la que más que ver tuve, es la de “No asumas”. Se parece al tercer acuerdo de Miguel Ruiz en “Los Cuatro Acuerdos”: “no hagas suposiciones”. A veces me ha pasado que el problema no es el mensaje o el correo que recibo, sino todas las ideas que me hago alrededor de él: “¿será un gran problema?”, “¿estarán enojados conmigo?”, “¿por qué ahora?”, pero yo había hecho todo bien”. La verdad es que muchos problemas imaginarios no tienen solución por la simple razón de que nunca existieron como tales. 

Hacerse ideas e imaginar cosas es una causa importante de cansancio y, por experiencia, he visto que, aunque de vez en cuando una de esas historias sí es real, ninguna de ellas es importante. A la fecha, ningún mensaje de texto por el que me hayan interrumpido sigue siendo importante; entonces, ¿para qué desgastarse con historias o intercambiar mensajes que generan problemas más largos? A veces, la mejor respuesta es llamar por teléfono y preguntar, o mandar un mensaje que diga: “No entendí bien. ¿podemos tener una llamada o una junta de tres minutos para entenderte mejor?”. Y esto no es porque sea amante de la conversación telefónica, sino porque he aprendido que las suposiciones y los malentendidos por texto solo desgastan y quitan tiempo. 

Mi papá me decía que el teléfono era para hacer distancias más cortas, no para conversaciones más largas. Yo pienso que los textos y la tecnología sirven para obtener respuestas pronto, no para formular más preguntas innecesarias. 

Si quieren leer este libro y comentarlo conmigo, lo encuentran aquí: https://amzn.to/45z7p0G 

«Política de Afiliados de Amazon: Como Asociado de Amazon, gano por compras que califican. Este sitio participa en el Programa de Asociados de Amazon. Esto significa que si haces clic en algunos de los enlaces de esta página y realizas una compra, podemos recibir una pequeña comisión sin que te cueste más.». 

Una respuesta a “Superando la Agotamiento Digital: Estrategias Efectivas

Replica a ceroadiccionesblog Cancelar la respuesta

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.