Lohengrin

Hay personas que, así como mágicamente llegan a nuestra vida, mágicamente se van y, mágicamente, la cambian. Como Lohengrin, el Caballero del Cisne.

He leído su historia unas cien veces. Es una leyenda medieval que inspiró cosas tan grandes como una ópera de Richard Wagner y un texto de Alejandro Casona. La ópera es, sobre todo, conocida por la Marcha Nupcial que se toca en tantas bodas, aunque pocos sepan que fue compuesta para acompañar la unión fallida de la princesa Elsa de Brabante y Lohengrin.

El Caballero del Cisne fue mi primer gran amor en la imaginación. Lo conocí un día en que mi padre me regaló un libro viejo que había comprado en una librería de la calle Donceles, en la Ciudad de México, y que había forrado con papel periódico.

—Lo forré para ti —me dijo cuando terminó de cubrirlo con hojas de noticias viejas y plástico transparente—, para que no se vea tan viejo y no te pregunten qué andas leyendo —explicó.

El libro era una edición de Editorial Porrúa con varias obras de Casona, dos de las cuales todavía me impactan: la obra de teatro La dama del alba y Flor de leyendas, donde Casona revive, con su propio estilo melodramático, la llegada y despedida de Lohengrin.

La leyenda cuenta que la princesa Elsa de Brabante despierta una tremenda envidia y celos en su tía Ortrudis, quien hace desaparecer a su hermano menor, el príncipe Godofredo, para acusarla a ella de infanticidio y condenarla a muerte.

La princesa Elsa es juzgada y humillada, pero, cuando es condenada a muerte, aparece en el horizonte un caballero vestido de blanco, montado en un cisne. Llega para desenvainar la espada y pelear por su inocencia. El caballero es Lohengrin, quien vence en duelo a su acusador, el rey Federico de Alemania, que actúa bajo la influencia de la terrible Ortrudis.

Lohengrin perdona la vida del acusador y pide la mano de Elsa en matrimonio. Sin embargo, también le pide algo especial antes de intercambiar los votos: «Nunca, jamás, preguntes nada sobre mi origen, mi nombre o mi patria».

Elsa acepta.

Mientras tanto, el rey Federico y Ortrudis son despojados de sus títulos y se dedican a pedir limosna. Un día, Ortrudis llega vestida de harapos a la puerta del palacio de Elsa. Generosa, Elsa le abre las puertas y le permite volver a vivir la vida que un día le perteneció. Pero, al ver que Elsa vive dichosa, Ortrudis no puede evitar enfermarse de celos y envidia.

Entonces se dedica a llenarle la cabeza de dudas y temores:

¿Cómo que no sabes de dónde viene tu prometido ni cómo se llama? ¿Tan vergonzoso será su origen que no te lo dice? ¡Algo no me late!

Hasta que un día Elsa ya no aguanta más y rompe la promesa.

—¿Quién eres? ¿De dónde vienes? —pregunta, curiosa, a su marido.

El voto se ha roto.

El misterioso caballero llora y, al día siguiente, revela su verdad frente a todo el pueblo:

—Hay en las selvas de Alemania, en un lugar sagrado, un castillo de luz llamado Monsalvat. Allí se guarda la copa de la Sagrada Cena, que custodian los hombres puros de corazón. Una celeste paloma vuela hasta la copa todos los años para renovar su esplendor. ¡Es el Santo Grial! Los caballeros que lo guardan quedan investidos de celestial poder y caminan invencibles por el mundo, defendiendo a los inocentes y a los débiles. Pero deben, en cambio, guardar impenetrable el misterio de su vida. Y el día que se descubre, la ley severa del Grial les ordena regresar de nuevo a su país. Mi nombre es Lohengrin y mi estricta ley me obliga a regresar.

Elsa llora. Elsa suplica.

De repente, el cisne se levanta y toma la forma del desaparecido príncipe Godofredo. Resulta que la bruja Ortrudis lo había robado y convertido en cisne para acusar a Elsa.

Lohengrin se aleja y vuelve a su origen.

Una historia con un final triste, pero sublime. Como tantas historias que hay en nuestras vidas, en las que dejamos ir a quienes han venido a salvarnos de los demás o de nosotros mismos.

A veces nos toca irnos; otras, volver.

Aquí la interrogante es si debemos culpar a Elsa por dejarse influir o si sus palabras fueron, en realidad, consecuencia de una voluntad divina que pedía al príncipe regresar.

Este cuento de final triste me hace llorar y me recuerda que, pase lo que pase, amemos a quien amemos y vivamos lo que vivamos, siempre hay una misión más grande a la que hemos de volver.

Nuestro Santo Grial.

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