Ante la cruz de mi Rosario

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Un poema de amor para ser rezado. 

 

“Padre nuestro que estás en el Cielo,
santificado sea Tu Nombre”.
Sostuve con la mano mi rosario
y para ti abrí mi corazón.
Entraste y sus ojos encontraste:
aquellos que me hacen olvidarte.
Seguí: “Venga a nosotros tu reino,
hágase Señor tu voluntad,
así en la Tierra como en el Cielo”;
así en mi corazón como en su cuerpo,
así en mis manos como en las suyas.

“Danos hoy nuestro pan de cada día”,
dale su pan de cada día,
si no he de poder dárselo yo
que de tus manos lo reciba;
muéstrale el maná que cae del cielo.
Haz que sepa más de ti y menos de mí.
Haz que me olvide, si eso quieres.
Haz que se quede, si escrito lo tienes.

“Y perdona nuestras ofensas,
como nosotros perdonamos
a los que nos ofenden.”
¡Perdónanos! Perdóname…
si mi amor por él es mucho,
si por pensar en él te olvido a veces,
si tu voluntad no siempre acepto,
si por amarlo mi salvación arriesgo.

“No nos dejes caer en tentación”,
no me dejes, no lo dejes,
aunque sea yo esa tentación.
Si así lo quieres,
llévate sus manos lejos,
que tanto me han hecho pecar;
hazme fuerte ante sus ojos
estrellas que me alejan de Belén.

“Y líbrame de todo mal…”
¡Líbralo de todo mal!
Si no he de cuidarlo, ¡cuídalo!
Si no he de amarlo, ¡ámalo!
Si no he de escucharlo, ¡escúchalo!
si yo nada puedo hacer, ¡hágase Tu voluntad!
Si él no ha de ser mío, que sea tuyo.
Si mi vida no ha de ser suya,
aquí la dejo en tus manos.

Cada día tiene una mañana,
cada mañana inicia con un Rosario,
cada Rosario lleva su nombre
escondido entre mis oraciones,
vestido de sagrada devoción.
Diez “Padre Nuestro”,
cien “Ave María”, un “Gloria”
y la oración jaculatoria
son regalo para él y ofrenda para ti.

Aquí estoy ante la cruz de mi Rosario,
no para pedirte ayuda,
pues ya mucha me has dado
ni para ofrecerte mis días,
pues estos ya la tienes;
rezo por él, porque le quiero
y sé que tú también;
porque no conozco forma más pura amor
que la expresada en oración.

Las palabras se pierden,
los cosas se olvidan,
las intenciones se mueren,
pero las oraciones son regalos
que llevan tu sello y firma, Dios mío;
eternas y sagradas
como todo lo que tu mano toca,
y dejan en ti la gracia
que pronunciar tu Nombre,
ante la cruz de mi Rosario invoca.

Así, en cada oración está un presente,
en cada presente va mi ser,
en todo mi ser, estás Tú…
Eso poco de Ti, eso de Dios que hay en mí,
es lo que más quiero para él.
Amén.

 

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