Mientras el mundo lloraba,
tú decías: sonríe.
Cuando no había nada que hacer,
tú decías: invéntalo.
Cuando me decepcionaba del amor,
tú decías: enamórate.
Cuando no hallaba la luz,
tú decías: conviértete en ella.
Cuando sufría por algo,
tú decías: mándalo al carajo.
Cuando dudaba de Dios,
tú decías: eres su milagro.
Entonces… gracias, papá,
por tus ideas raras, hoy tan mías;
por tus sueños locos, hoy cumplidos.
En fin… hoy y siempre:
gracias por heredarme tu nariz,
gracias por enseñarme a ser feliz.
