La promesa

 

Era una mañana de agosto, ya ni tan mañana, serían como las dos de la tarde; algo así. Estaba en la tienda de souvenirs de la Cúpula de la Basílica de San Pedro. Casi nunca compro nada pero esa vez sí lo hice, tomé un dije de madera con el símbolo de la cruz, el corazón y el ancla y un anillo con el “Padre Nuestro” grabado en italiano, el precio de cada uno no superaba los dos euros. La religiosa que me atendió me los dio en una bolsita de papel, salí de ahí y mientras observaba el paisaje desde la cúpula me quedé viendo el anillo, lo coloqué en mi dedo anular de la mano izquierda y algo pasó por mi cabeza: si Dios está en todos lados también está en mis manos, eso significa algo: todo lo que se hace con ellas debe ser pensado como una obra de Dios… sea lo que sea: barrer las hojas del jardín, escribir un correo, llevar la comida a la boca, firmar un voucher, sostener una mano, abrazar a quien se ama… todo, no importa qué.

 

Pensé un poco más. Sí, las manos siempre han sido el símbolo más nítido de que el hombre fue hecho a imagen y semejanza de Dios. Entonces, cada movimiento, cada acto, es un memorial de la creación de Adán. En nuestras manos está Dios, y por lo tanto cada ser humano lleva en ellas la gran responsabilidad trabajar en su obra, y esa obra es el amor. Fue ahí cuando decidí comprometerme con ella y me pregunté por qué no lo había hecho antes.

 

A partir de ese momento prometí que todo lo que hiciera debía de hacerse con amor: cada frase que escribiera, cada traste que lavara, en fin… Ese anillo dejó de ser un souvenir de dos euros y se convirtió en el símbolo del más importante compromiso que he hecho en la vida, bien podía perderse, romperse o desgastarse, pero la promesa ya estaba hecha.

 

Desde ese día mi vida cambió, fue así como me di cuenta de la cantidad de cosas que hacía sin amor; tomé conciencia de la pereza que a veces habitaba en mi corazón, de las cosas que hacía con flojera; sólo por cumplir, y decidí cambiarlo: ¿qué hubiera pasado si Dios hubiera creado la vida sólo porque sí? O, ¿qué pasaría si cuando le pedimos algo sólo nos diera el avión?

 

Desde eso, poco a poco he sentido mayor pasión por las cosas que hago y he aprendido a dejar ir aquellas cosas que simplemente no quiero hacer. Ahora mi criterio es “si no puedo hacerlo con amor significa que no es para mí y debe irse, así de simple”.

 

Sin embargo, aún estoy muy lejos de poder decir que cumplo esa promesa de manera perfecta… hacer las cosas con amor en un mundo que nos ha enseñado a actuar por miedo, por odio o por pereza no es una tarea sencilla… y eso no es una excusa; pero si en mis manos y en las de todos está Dios algo podrá hacerse, el primer paso será que logremos ser conscientes del gran milagro que representan nuestras vidas.

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