Por no jugar a las cabronas

Estaba con Mariana Gonart, Dany Dulces pa’los cuates, echando la flojera de domingo. Teníamos puesto nuestro uniforme para la ocasión: pants grises, chanclas, cara lavada y tazas de café casero. Ella es como un libro abierto, bueno no; en realidad es como un Cosmopolitan abierto.

Hablamos del mundo, de la vida y del amor… tenemos nuestras teorías respecto a que esa cosa sí existe, parece que sólo los listos la pueden ver, o quizás no los listos, sino todo lo contrario: los pen… sativos, algo así, parece que encontrarlo es más difícil que tomar un tren en el aeropuerto… pero bueno, dicen que sí pasa, que tarda, pero que finalmente pasa… dicen que llega lleno, que tienes que empujar, que tienes que pasar el pasaje, que viajas hecho sándwich… toda una aventura, siempre y cuando: ¡pase!

La neta no le entendemos, hicimos teorías, regresamos a lo mismo y acabamos en una sola conclusión: para poder desbloquear niveles en el juego del amor hay que pertenecer voluntariamente a huevo a uno de los dos equipos oficiales de mujeres: las súper liberales, luchadoras sociales, feministas, despectivamente conocidas como feminazis, las que rechazan los roles tradicionales de la madre y la esposa, aquellas que odian al patriarcado y  que queman  en público las copias certificadas del “Manual de Carreño”. Ellas, para quienes recibir una muestra de caballerosidad es símbolo de una patada en los ovarios. Las sexualmente liberadas para quienes enamorarse es una expresión de debilidad.

Hay otro equipo: el de las que románticas ortodoxas, a veces medio superficiales, las que rinden culto a la idea de que “los caballeros las prefieren brutas”, las que jamás pagarán una cuenta por mero gusto, las que sueñan con casarse y que las mantengan. Ellas, las que ven el sexo como un elemento de control y como un indicador de valor. Las bien portadas, las cursis, las niñas bien, algo así.

Pero no, a la Dany y a mí no nos gusta ningún equipo, coincidimos en que convivimos muchas mujeres en el mundo: las que peleamos por tener un nombre y las que aún soñamos con vestir algún día el apellido de casadas. El problema es que a veces debemos enfrentarnos unas a otras dentro de un mismo cuerpo.

Eso nos deja fuera del juego, nos complica la vida, nos deja volando. ¿Por qué? Porque no somos perseguibles, no nos gusta el juego de que nos tengan que aplacar y convencer como a las del equipo uno, pero tampoco nos gusta que tengan que luchar por nosotros como a las del equipo dos.

Somos un desastre: por un lado nos gusta ser libres, independientes, fregonas… Pero por otro, nos encanta sentir que somos la mujer de alguien. En mi caso, hay dos cosas que no tienen nada que ver pero que me hacen muy feliz: la primera es escribir, trabajar, crecer profesionalmente, luchar, ir a la guerra; la segunda es dar y sólo dar, incluso la vida, si es necesario, hacer el desayuno, arreglar una corbata, hacer los discursos de mi novio si es político, transcribir sus partituras si es músico, acomodar los troncos de madera si es leñador… en fin, aún vive en mi cabeza la idea de ser la gran mujer que vive detrás de un gran hombre, o algo así.

Así las cosas, por eso no tenemos equipo, o bueno sí tenemos pero no entra en la liguilla, no compite; nos da pereza que para jugar hay que hacerle caso a los mandatos de “Por qué los hombres aman a las cabronas”… Preferimos que nos amen por ser sinceras insensatas, aunque eso rara vez suceda; que nos dejen con el corazón vestido y alborotado, pero con la satisfacción de que lo hemos hecho lo posible, o lo imposible.

Hablamos y hablamos. El amor es enredado, y si la vida es amor, qué pinche complicada es, por lo menos para quienes no queremos mentir, inventar, ni sumarnos a un equipo que no nos toca. Por eso estamos aquí, platicando de amor desde la tribuna en vez de estarlo viviendo desde la perspectiva de la cancha. Y todo por no querer jugar a las cabronas.

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