¡Qué pelos!

La razón por la cual no me peino en las mañanas es la misma por la cual no trabajo haciendo ecuaciones diferenciales: porque no sé cómo, simple. Si me paso un cepillo es mucho, a veces ni eso. Tengo dos o tres cepillos que les ha pasado lo mismo que al del “Diario de la Princesa”; sí, ¿recuerdan esa escena en que Paolo Putanesca intenta peinar a la princesa y se rompe el cepillo de tan enredado que está el cabello?

Pues así me ha pasado, sobre todo cuando he usado cepillos comprados en Waldo’s. Peinarme me choca, ese siempre ha sido mi mayor pleito con mi papá, él lo hizo en muchos instantes de desesperación; una vez en su oficina me agarró, me dio tres jalones con un peine chafa y me hizo una colita de caballo que ató con una liga de esas para papeles. Me la apretó tan fuerte que me dolió la cabeza como tres días por culpa de ese peinado.

Sin embargo, si algo me gusta menos que peinarme es cortarme el cabello; lo quiero así: largo y hecho un desmadre, punto. Cuando era niña, mi mamá, hasta eso, respetaba y me dejaba andar como quisiera, aunque en el colegio no pasaba lo mismo, de hecho por culpa de ese gusto mío fue que pasé la “peor vergüenza” de mi vida. Sucedió que mi mamá me dejó en el kínder como siempre, así toda bruja y despeinada pero al parecer a la hora de la salida salió “otra niña” en lugar mío, y no es que fuera otra Andy, simplemente era Andy peinada y con más gel en la cabeza que un dependiente de Liverpool.

¿Qué te pasó hija? Preguntó ¡muy! asustada, puso una cara como si me hubiera hecho un tatuaje a los 16 años, pero no. Le conté lo qué había pasado: estaba sentada en mi lugar jugando a los lápices (eso hice a lo largo de todo el kínder y hasta cuarto de primaria, no sé cómo fue que logré aprender a sumar) cuando de la nada escuché que la maestra gritaba “¡Ven greñuda, ven greñuda!”. Yo me hice bien güey, ¿por qué tendría que estarme hablando a mí? Yo no me llamaba “greñuda”, pero en efecto, ¡me estaba hablando a mí! De la misma manera como soy ahora de blandengue y de sumisa, me levanté de mi lugar y empecé a caminar hacia el escritorio de la maestra, cuando estuve ahí, me hizo sentarme en una silla y me empezó a peinar en serio; con gel, ligas, moños y toda la cosa. Obviamente, cuando acabó de peinarme, parecía otra persona.

Mi mamá, como buena madre perfecta de kínder, obviamente se enojó. Primero me cortó el pelo “de hongo” (sí, pésimo), pero después reflexionó y eso sumó puntos para que me cambiara de escuela, y por suerte me metió a un lugar donde nadie se metió nunca con mi greñero. Nadie opinó de mi pelo ni en la primaria, ni en la secundaria, ni en la prepa, ni en la universidad… y pues en las agencias de publicidad, ¡menos!

Pasaron los años y sigo siendo igual; un requisito para que un fulano pueda andar conmigo es que no sólo RES-PE-TE mis despeinados, sino que también le EN-CAN-TEN, que nunca en la vida me diga “Andrea, oye, péinate” o me haga comentarios tipo “Ese pelo…”, es más, si me ayuda a despeinarme más, pues mejor. Una prueba que les aplico siempre es pedirles de favor que vayan a mi casa temprano a recoger cualquier cosa equis, entonces yo me aparezco en pants grises, sudadera de Winnie Pooh, chanclas y pelo nivel “Madame Mim” (la mona esa de “La Espada en la Piedra” que pelea contra Merlín); si el sujeto soporta esa escena y no muere de susto ni me amenaza con regalarme una cita en el salón de belleza, quiere decir que ese tema puede tener futuro. Algo así.

Ahora… sí algún día me ven peinándome para alguien o yendo a hacerme tratamientos tienen dos opciones: llamar a Locatel y pedir que busquen a la Andy de verdad, o agarrarme de los pelos, jalarme y regresarme a la normalidad. FIN.

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