La vida del piano

Mucha gente ve a los instrumentos musicales como simples objetos, cree que sólo sirven para emitir sonidos, pero no es así, son algo mucho más que eso, de hecho pueden desarrollar toda una personalidad. Generalmente, la adquieren del que los toca con mayor calidad o frecuencia, con quien llegan a lograr una comunicación, pues el instrumento puede decir a su músico si está tocando bien o mal por medio de las vibraciones que se emiten en la interpretación, ya que algunas de estas sólo pueden ser percibidas por quien está tocando, son totalmente inaudibles para los demás.

Sobre esto, hay una historia acerca de un piano muy especial, y que a diferencia de los otros instrumentos que sólo pueden comunicarse y/o adquirir la personalidad de alguien más, éste tenía su propia inteligencia y carácter. Se había nombrado a sí mismo “Night”, pues sabía que era tan negro como la noche y le gustaba ser así. Era un piano de pared muy bonito y que a pesar de su juventud, poseía una gran ambición: ser el instrumento del mejor pianista del mundo, y su sueño dorado era que revivieran Mozart y Beethoven y tocaran sobre él una pieza a cuatro manos. Pero así como Night tenía sueños y ambiciones, había cosas que le molestaban, una de ellas era que llegaran niños y golpearan sus teclas sin tocar nada mientras no había algún profesor que los supervisara. Otra cosa – y que le fastidiaba más– era que los alumnos que tomaban clases, las abandonaran después de cierto tiempo por preferir otras actividades. Eso era algo que lo hacía sentir fracasado, en especial, lo entristecía profundamente el caso de una niña que había empezado a tocar desde chiquita, había progresado e incluso pensaba dedicarse a eso toda su vida, pero cuando llegó a adolescente se olvidó de éste y ya sólo quería estar con sus amigas. “Quiero que venga alguien y se entregue a mí, quiero ser la razón de su existencia y que me vea como a un amigo y no como a un simple instrumento musical, que me ayude a realizar mi ambición de ser el piano del mejor pianista del mundo”, se decía para sí y ponía su mejor esfuerzo en emitir sonidos bellos cada vez que llegaba un niño nuevo y así lograr que se quedara con él, pero no tenía sentido, siempre pasaba lo mismo.

Pasó el tiempo, y Night estaba a punto de abandonar sus ideales. Pero un día todo cambió; era un atardecer lluvioso de verano y ya que iban a cerrar la escuela, llegó corriendo una niña de unos once años, se parecía a la que años antes lo había tocado, y dijo al profesor que estaba cargo después de saludar:

-Profesor, yo toco piano desde pequeña, siempre me ha gustado, pero tuve que dejarlo porque mis papás lo vendieron porque necesitaban dinero, pero quiero regresar, aunque pueda pagar muy poco, le prometo que pondré mucho empeño en mis estudios.

-Toca algo – le respondió el profesor con una voz algo fría aunque conmovida. La niña empezó a tocar en Night “Para Elisa” de Beethoven. El sonido de la lluvia y el piano combinaban perfecto, la chica lo hacía bien, y entendía el lenguaje del piano, vibraciones y notas que se deshacían en palabras. Night le contó sus ideales, y ella en voz muy baja, tan baja que apenas Night escuchaba, le dijo:

– Me quedaré contigo, ayúdame y te ayudaré

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