Sobre padrecitos y teibol dances…

Creo que nunca voy a olvidarme del Padre Pablo, así se llamaba el cura del pueblo donde crecí. Se trataba de un sujeto que parecía extraído de una monografía de la Cristiada o de los libros del catecismo. Tal cual, él era la epítome del padrecito mexicano: chaparro, de lentes, medio panzoncito, cabello castaño y voz automática en modo regañón.

Sí, así era el Padre Pablo, o es… si es que aún anda oficiando por ahí. Siempre admiré su capacidad para alargar el tiempo; daba misas de tres o cuatro horas en un lapso de 45 minutos, o no sé; yo las sentía eternas. Aun así, le tenía cariño.

Sin embargo, no lo recuerdo por sus ceremonias largas, ni por sus confesiones monótonas ni por sus intentos fallidos de ser simpático, sino porque le tocó estar en el lugar equivocado y con la persona equivocada: sí, en el pueblo con mi papá.

Ese día mi papá había ido a dejar el coche a que lo lavaran, cuando lo fuimos a recoger mi mamá encontró una tarjeta en el asiento del auto de algo que yo a mis once o doce años, aún no tenía edad de conocer, era la publicidad de un Table Dance en Cuautla. La cosa esa era naquísima, la impresión daba pena, las fotos más… las frases, no bueno: “chicas cada semana”, “tentación irresistible” y babosadas por el estilo.

Cuando mi mamá encontró esa cosa puso una cara horrible y preguntó: “¡Fer! ¿Por qué tienes esto? ¿Quién te lo dio? ¿No me digas que ya fuiste?”. Como siempre, mi papá se empezó a reír y le respondió con una inocencia que nunca olvidaré: “Amor, me la dio el Padre Pablo”.

-“¿Qué?”.-Preguntó mi mamá con una cara de desconcierto, o sea: ¿el cura se atrevía a regalarle a su marido una tarjeta-cupón para ir al “teibol”.
-Sí, sí.. me dijo que si él no puede ir pues que yo debo aprovechar.

Mi mamá se enojó y le arrebató la tarjeta. De la nada, nos bajamos del coche para ir a comprar algo y… ¡qué sorpresas da la vida! Ahí estaba, casualmente el dichoso Padre Pablo. Mi mamá no lo pensó dos veces y lo abordó:

-¡Padre!, ¿cómo está eso de que usted le dio esto a mi marido, él dice que usted le regaló esta tarjeta para ir a lugares incorrectos?

Cualquiera pensaría que el padre se defendería y no permitiría que lo acusaran de un hecho falso pero no, él siguió el juego, se empezó a reír y sin ningún problema respondió:

-Sí señora, perdón, yo se la di.

Mi mamá insistía: ¿en serio? ¿cómo? ¿por qué? El cura seguía en lo mismo: defendiendo que él efectivamente le había dado esa cosa.

Total, no sé en qué terminó la plática. Nos volvimos a subir al coche, arrancamos y en la siguiente cuadra unos chicos que repartían volantes aventaron por la ventanilla la publicidad de algo desconocido: eran montones tarjetas del mismo teibol…

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