Carta a mi hermana (y a todas las mujeres)

Hermanita:

Escribí esto para ti pero también está dirigido a todas las mujeres que quieran leerlo: primas, amigas, tías, sobrinas, compañeras, colegas y perfectas desconocidas. Últimamente te he sentido asustada, y tienes razón. ¿Cómo no vas a tener miedo si cada vez que entras a Facebook te encuentras con información horrible? Te entiendo, sé que razones hay para preocuparse, para sentir que tan solo salir a la calle puede ser un riesgo, y no soy nadie para decirte que no lo hagas; nunca he sido un ejemplo de prudencia ni de nada; sabes que también me he llevado sustos, que me he topado con experiencias desagradables: desde un piropo malintencionado en la calle hasta un intento de “quién sabe qué” (tan sólo recordarlo me eriza la piel), pasando por los niveles intermedios… y por desgracia, también tengo anotados en mi corazón los nombres de personas más o menos cercanas que no han vuelto a casa… sé que las estadísticas son duras y que yo podría ser la siguiente, pero afortunadamente aquí estoy, con el gusto de estar frente a la computadora mientras pienso en ti.

Ante todo esto quiero pedirte una sola cosa: que mantengas la calma, que como escribió Santa Teresa: “nada te turbe, nada te espante”. Las personas que realizan ese tipo de crímenes podrán quitarnos muchas cosas: nuestra libertad de vestirnos como queramos o de salir a la hora que se nos dé la gana, nuestra dignidad, nuestras pertenencias, e incluso nuestra vida… pero hay algo que no quiero que te quite nadie: tu paz mental, y esa sólo depende de ti.

Quiero pedirte que estés firme, que a pesar de lo difícil que sea no permitas que el miedo se mezcle con tu sangre y llegue a ensuciar tu corazón, porque si todos empezamos a sumarnos al pánico colectivo perdemos la serenidad y la capacidad de actuar asertivamente. Perder la paz es perdernos a nosotros mismos y hasta un poco más, porque también se nos va la inteligencia que necesitamos para ayudar y cuidar de los demás. Sabes que nunca he aceptado esos argumentos que dictan que “uno provoca aquello a lo que le teme” o que “generamos nuestras propias desgracias”, me parecen injustos, insensibles e indolentes en una sociedad enferma que se ensaña en contra de las víctimas; nunca me escucharás decir que a “alguien le pasó algo porque se lo buscó”, pero sí creo que cuando las personas estamos asustadas o ansiosas tomamos decisiones incorrectas que nos pueden llevar a situaciones complicadas o a reaccionar de modo inadecuado y a meternos en más problemas de los que ya tenemos.

Hoy me atrevo a pedirte que no tengas miedo, más bien ten cuidado. Entre tener miedo y tener cuidado hay una línea muy delgada, hasta pareciera que uno no se puede separar del otro, pero esa distancia pequeña que hay en ellos es un muro de serenidad. El cuidado sin serenidad se transforma en el miedo compulsivo que impide pensar y hacer nada, mientras que el cuidado con serenidad permite estar alerta, ser precavida y aún así disfrutar la vida, a pesar de lo mal que estén las cosas. Sí, lee las noticias, comparte todo lo que veas sobre inseguridad, habla con tus amigas, escucha las campañas sociales, sigue las recomendaciones normales, pero no dejes que ese pánico de las masas se meta en tu intestino y se convierta en un cólico que te entuma las piernas, pues probablemente las necesitarás para correr.

Te amo mucho, de verdad, y no quiero que nadie, ¡nadie!, te quite la paz, es lo más valioso que tienes y ninguna persona se la merece.

 

Andrea.

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