El hostal del terror y el mostrador fantasma

Dios me dijo que no desde el principio, pero insistí. Sabía que no debía de haber comprado ese boleto de avión pero lo hice; ya estaba ahí, en el aeropuerto de Los Ángeles buscando un mostrador que no se veía por ningún lado. La pizarra mostraba que el lugar de Hong Kong Airlines estaba en la sala B, ya había dado fácil unas veinte vueltas y no lo encontraba, pregunté a los de seguridad, a la señora de la limpieza y a un indigente; todos me dijeron lo mismo: sala B.

Pero no se veía nada, las opciones eran claras: estoy ciega, soy pendeja o las dos. Pregunté por vigésima vez por el mostrador de Hong Kong Airlines, está ocasión a un empleado de otra aerolínea, también asiática, que al fin me dio respuesta en un inglés con acento extraño: “es aquí, en este mismo mostrador, sólo que en esta sección del aeropuerto hay unas aerolíneas en el día y otras en la noche; así que puede venir a las 6 de la mañana y en ese momento verá como cambian los letreros”. Así se sintió Harry Potter cuando su billete de tren decía “Andén 9 ¾” y éste no existía, no para los muggles (gente no mágica).

Vaya, eso sí que es reutilizar, si en México se hiciera eso y existiera tal nivel de organización no sería necesario que se construyera ese nuevo aeropuerto por el que casi se desata una guerra civil. En fin, eran las 10 de la noche, yo quería ir al mostrador de Hong Kong Airlines para hacer el famoso “check in” pues su aplicación digital que permitía hacerlo manera remota no servía, pero al parecer no tenía sentido, mi vuelo salía a la 1 pm del día siguiente y yo necesitaba dormir.

Había rentado un cuarto en el hostal más barato de Los Ángeles que encontré en el universo de internet, tendría una cama y desayuno por menos de 30 dólares… nada mal. Aunque me arrepentí cuando saqué mi celular para pedir un “Uber”, el precio que tenía que pagar para ese lugar a 10 minutos del aeropuerto era de 60; carajo, yo no iba a pagar eso, antes de aceptar esa tarifa podía preferir dormir en un banco del aeropuerto o irme caminando hasta el famoso hostal; elegí la segunda opción, sin tomar en cuenta que el lugar donde dormiría estaba en un barrio de mala muerte de L.A.

Caminé por una hora. Los primeros treinta minutos fueron frente a edificios lujosos, pasé frente al Hilton y a todos los hoteles elegantes donde habría elegido quedarme si mi viaje no fuera hasta el otro lado del mundo. La segunda parte de la caminata me llevó de una cuadra fea a otra peor, al fin llegué, el hostal tenía en la puerta unos coches clásicos estacionados y una puerta corrediza. En la recepción me atendieron los chicas con el trato más hostil que he recibido en un lugar donde se supone que les pagan por recibirte con los brazos abiertos. Saqué dos billetes de 20 dólares para pagar la noche, una de las señoritas se quedó viendo raro a uno de los billetes: “¡es falso!”, exclamó en un tono prepotente. “No, no es falso, acabo de sacarlo del cajero automático del aeropuerto, tiene que ser auténtico”. Después de revisarlo y manosearlo por dos minutos llamó a su supervisora, quien sólo la miró con una cara de aburrimiento y le dijo “Está bien, sólo es un billete viejo”.

Me pidieron mi pasaporte, mi tarjeta de crédito y por poco me preguntan también mi tipo de sangre y con cuántos hombres he estado. Después del interrogatorio me dieron una llave magnética, de las de tarjeta, y me dijeron que tenía que dormir en el dormitorio número dos. De nuevo no lo encontraba, di mil vueltas por el hostal antes de hallar mi supuesta habitación y en esa búsqueda pasé por varias islas de jóvenes (tan vieja yo) y bebiendo cerveza (era lo único que vendían) mientras escuchaban canciones de reggaetón: “Sin pijama” sonaba a todo lo que daba. Ya sabía a donde me había metido. Lo último que faltaba es que en este hostal los cuartos tuvieran un número en el día y otro en la noche como en el aeropuerto, pero afortunadamente no fue así, después de tres o cuatro recorridos ya estaba dejando mi maleta en una habitación con seis literas.

Moría de hambre, dejé las cosas no indispensables, aquellas que no me importaba que alguien del hostal pudiera robarse y decidí salir a buscar algo de comer. Obviamente sin tomar en cuenta que ya pasaban de las 12 de la noche y que el barrio no era muy amigable.

Aborté la misión de ir a buscar algo de cenar a los pocos metros del hostal, no logré llegar ni al McDonalds que estaba a dos cuadras. Era un ambiente hostil que ya conocía, lo había respirado alguna vez en una de las calles de Tepito de la Ciudad de México. Antes de doblar la esquina se me acercó una patrulla, el policía me preguntó si estaba bien: “Are you OK?”, “Yes”, ¿qué más podía responderle? Me preguntó dónde vivía, le expliqué que en McAllen, Texas, pero que estaba en LA sólo por una noche debido a que tenía un vuelo al día siguiente. “No es una zona segura, regresa a tu hostal”. Con eso fue suficiente.

Volví a mi litera sin cenar. Le escribí a mi mejor amigo: “Estoy en un lugar horrible”. Me dijo lo que yo sabía: “sólo es un ratito, cuando seas millonaria te vas a reír de esto”.

Sin poder dormir descansé con mi cartera y mi pasaporte abrazados. No se me quitaba la sensación de la calle, el corazón me latía rápido y mis tripas hambrientas platicaban entre ellas: “Qué pinche miedo” le decía una a la otra: “que pinche miedo”.

A la mitad de la madrugada entró al dormitorio la misma chica de la recepción que había inventado que mi billete era falso. Llegó gritando: “¡la puerta está abierta! ¡ya hemos dicho que por seguridad a las doce debe estar todo cerrado!”. Yo ni me había dado cuenta. Mi última esperanza de poder dormir un poco en ese lugar se evaporó cuando esta mujer conectó su celular y empezó a hacer una videollamada sin preocuparse un segundo por hablar en voz baja y respetar el descanso de los demás.

Me levanté a las seis de la mañana con todas las ganas de irme de ahí, aunque el desayuno estaba incluido y no iba a desperdiciarlo. El comedor era lo único amable del hostal, tenía un piano de cola completa que me debí haberme detenido a tocar, pero no lo hice, ya quería irme de ahí y presentarme en el mostrador fantasma de Hong Kong Airlines, si es que existía.

El desayuno no se quedó atrás y respetó cabalmente los estándares de fealdad del hostal: un muffin quemado y café frío, pero uno no puede ponerse exigente cuando está esperando que la vida le dé muestras gratis, así que los tomé con gusto, o al menos eso intenté.

Del hostal horrible salía una camioneta gratis hacia el aeropuerto. Gracias a ella logré estar a las 8 de la mañana en el aeropuerto nuevamente y ahora sí, frente al mostrador de Hong Kong Airlines. Al parecer todo el mundo había tenido el mismo problema que yo con lo del check in, pues cuando yo llegué ya había una cola larguísima de personas. Todas hablaban y se quejaban de lo mismo. Ningún otro mostrador tenía fila más que ese y aunque las pancartas ya tenían los letreros y anuncios correspondientes de la aerolínea en cuestión, no se veía ningún empleado que al menos pudiera darnos los “buenos días” y decirnos por qué su sistema no funcionaba. Carajo, eso te pasa cuando compras el pasaje más barato, y cuando Dios te dice que no, pero aún así estás decidido… y lo haces.

 

 

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Una respuesta a “El hostal del terror y el mostrador fantasma

  1. El diablo también tiene formas…diabluras. Ahí acaba, o esperamos el relato del kilométrico vuelo…y luego nos tienes que contar la llegada…etc….etc

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