Volver a ser princesas

“No tengo color, estoy pálida”, “Estoy bien prieta”, “Soy un manatí”, “Mis piernas se me hicieron horribles”, “Me estoy convirtiendo un cerdo”, “Ya no tengo pestañas”, quejas, quejas y más quejas. Todos los días, mujeres bellas que nacieron con derecho a ser princesas de sus propias vidas se desprecian y esperan que la vida las trate bien cuando ni siquiera ellas lo hacen.

A veces me pregunto si dentro de las reglas sociales de la vida que toda mujer debe seguir se encuentra tratarse mal, pareciera que así como debemos usar brassiere obligatoriamente, también debemos azotarnos con una cuota de malos pensamientos cada día. Es deprimente.

¿El resultado de todo esto? Mujeres crónicamente estresadas, con la autoestima en el piso, frustradas, y con mil problemas de salud, desde colitis y gripe crónicas hasta obesidad. Obviamente tener a las mujeres encabronadas consigo mismas representa costos al sistema de salud, así como lo hace el cigarro. Si la solución que el gobierno eligió para disminuir los problemas de salud consecuencia del creciente número de fumadores ¿la solución será prohibir los patrones de belleza y las actitudes machistas y misóginas que cada día la sociedad repite? No lo sé.

Hasta hace unos años yo no tenía conciencia de eso: me paraba cada mañana frente al espejo y regañaba a la personita que veía enfrente: “estás gorda”, “tienes un barro horrible en la punta de la nariz”, “tienes mal esto o aquello”, “blablabla”. Cuando platicaba con mi familia respecto a mis auto inconformidades mi papá siempre me decía que me veía bien; un novio que tuve me decía lo mismo. Yo no les creía, pero luego me di cuenta de qué pasaba: ellos me querían y yo no tanto; cuando amas a alguien no le ves defectos, o si los ves no los distingues a siemple vista, sólo después de una exhaustiva búsqueda.

Reflexioné sobre esto hace como un año, un día que vi la película de “La Princesita”, tenía muchos años de no verla, fácil unos 10 o 15. Me acordé de que cuando era una niña me sentía princesa y decidí volver a ser lo mismo: la princesa de mi vida, aun viviendo en desvandes y vistiendo andrajos; aun en un mundo que quiere que todas nos sintamos como las más espantosas para que tengamos que gastar dinerales en vernos medianamente bien.

Cuando sucedió esto decidí dejar de estar quejándome de mí y nunca alentar a ninguna mujer a quejarse de si misma; me deshice de mis libros de dietas y mis revistas Cosmopolitan, dejé de pesarme todos los días, me olvidé de las tallas de la ropa, de la moda, de los comentarios de la gente. Me dediqué a ser yo misma, a arreglarme más por dentro que por fuera, y a tratarme como me gustaría que lo hiciera el hombre de mi vida: bien.

Cuando dejas un mal hábito es más fácil verlo en otras personas, tal vez por eso ahora siento que las mujeres se quejan de si mismas todo el tiempo. Incluso me he vuelto intolerante, si estoy en la mesa de una cafetería y hay chicas que empiezan a quejarse de sus cuerpos, de sus rostros o de su vida, procuro cambiar de tema o irme de ahí.

Me he dado cuenta que la mejor forma de cambiar tu vida es empezar por amarla, y eso significa tratarla bien, no vivir reprendiéndola y de malas. Finalmente, las modas y los comentarios estúpidos de la gente son pasajeros, nuestras vidas son lo que queda… ¡qué flojera pasar la vida haciéndote cirugías plásticas y disfrazándote de tulipán cuando en realidad eres un hermoso girasol!

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