Carta a México

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México:

Lo que siento por ti es la prueba de que es posible amar y odiar intensamente a algo al mismo tiempo. Amo con todo el corazón a tus colores, a tus aves y a tus flores, pero odio con toda la fuerza de mi ser la corrupción de tus políticos, la inutilidad de tus instituciones y la desidia de tus hombres.

Cuando veo el amanecer sobre tus playas me siento bendecida, también al escuchar el Huapango de Moncayo o cuando le doy el primer bocado a una quesadilla de flor de calabaza. Eres una tierra con sabor y tradiciones, con sonrisa que enamora y ojos que cautivan.  Decir que te amo es poca cosa, pues también admiro cada piedra que levanta tus pirámides, la sabiduría de tus ancestros y los tesoros que guardas debajo de tus suelos.

Sin embargo, esta belleza que adoro está manchada por el odio que dentro de mi surge cada vez que escucho un discurso de tus políticos mediocres, de tus gobernantes cínicos, de las mismas élites que no dejan de saquear el oro de tus arcas y de los mismos ladrones que siguen abusando del mayor de tus tesoros: tu inocencia; esos cínicos siguen aprovechándose de la misma ingenuidad con la que tus antiguos pobladores creyeron que Cortés era Quetzalcoatl.

México: esa inocencia es la que te hace pensar que eres pequeño, cuando eres del tamaño de las naciones a quienes ves grandes, tienes la misma fuerza de aquellos a quienes te sometes y te entregas.

México ¡cree en ti! y si no puedes haz como que crees y terminarás creyendo, haz como que eres aquello que quieres ser y te convertirás en eso.  No dudes de tu gente, pues ha sufrido y eso la ha hecho fuerte, dile que se levante contigo y deje de escuchar a quienes mienten, pues son las mentiras la droga que a tus hombres mantiene inmóviles.

Será difícil curar los daños que les han dejado las mentiras, pues se les ha mentido siempre: sólo saben mentiras de tu vida; mentiras mantienen vivas a tus instituciones, de mentiras es el elixir que mantiene vivos a tus políticos, y también es mentira la historia que de ti conocen.

México: me cuesta trabajo ver tus heridas porque lloro, algunas aún están abiertas a carne viva, mientras que otras ya se han convertido en cicatrices que has de llevar sobre la piel toda la vida: en tu frente hay una, en tus pies otra; son tan viejas que hasta nombre tienen; una se llama Río Bravo y otra Suchiate, ambas todavía te duelen y se abren cada vez que alguien las pisa y se hunde sobre la sangre que de ellas brota cada instante.

Veo cicatrices en tus bosques y en tus playas, en tus desiertos  y en tus selvas, en tus pueblos perdidos entre las montañas y en los barrios que resguardan tus ciudades. Son marcas que no se borran y la única forma de aprender a vivir con ellas es amarlas, perdonar a quienes las han trazado, pues perdonar significa aprender a vivir con cicatrices.

México: perdona a los desconocidos que llegaron a esclavizar a tus hombres y a violar a tus mujeres; cuando lo hagas podrás superar la vergüenza de tus hijos, dejarán atrás los complejos de ser “hijos de la chingada” y “siervos de los dioses”, pues no tienen que seguirlo siendo.

Perdona a los mercenarios que malbarataron tu riqueza, pues si sigues lamentando lo perdido no podrás ver que aún te queda mucho. Perdona a los historiadores que tergiversaron tu pasado y a muchos de tus empresarios que estafan a tu gente, pues finalmente también son hijos tuyos.  Y a mí también perdóname: por decirte que perdones cuando yo no lo he hecho, por maldecirte cada vez que entro a alguna de tus oficinas de gobierno, y por no hacer nada para limpiar tus heridas y borrar tus cicatrices.

México, sólo me queda decirte una cosa: gracias, por ser la patria de mis padres y de mis ancestros, por ser la tierra de Amado Nervo y de Nezahualcóyotl, de Octavio Paz y de Sor Juana, y de muchos otros hombres  y mujeres que desde la Eternidad aún te aman y te cuidan, como en este momento lo hago yo, tierra donde se unen la Luna y el Sol.

Andrea

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