Gracias Gabo

Antes de leer “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez, bueno, específicamente la primera frase del libro, para mí el hielo era la cosa más equis del mundo; agua en estado sólido que puede derretirse y pasar a líquido o convertirse en concentrado de Bose-Einstein en caso de enfriarse aún más, cosa que en este mundo no pasa, literal.

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.” Así empieza, ok; ¡qué profundo! Parece sarcasmo pero no lo es, para quienes hemos sabido qué es el hielo toda la vida, aparenta ser una tontería, pero definitivamente habría sido diferente si nunca lo hubiésemos visto y de repente nuestros padres nos llevaran a conocerlo; ¿cómo habría sido ver un cubo medio transparentoso, sudado y bien pinche frío metido en una mochila? Creo que raro, o más bien muy raro, creo que habría puesto la misma cara de mi abuelita la primera vez que vio un Iphone, algo así.

Ahora pasemos a ¿cómo sería la vida sin el hielo? Sin refrescos fríos, sin paletas, sin comida congelada, sin compresas heladas para mis millones de achaques, sin la sección de pescados en los súpermercados. Simplemente miserable, como era la vida antes de la invención de los smartphones, de la locomotora, de la lámpara de aceite y de la rueda.

De verdad, el hielo es algo grande. Lo recordé el otro día que pasé enfrente de la Librería Porrúa del Bosque de Chapultepec, vi que en la puerta había un póster de Gabriel García Márquez con un kilo de “post-its” con pensamientos que la gente iba escribiendo y pegando para el autor. Un chico muy guapo que estaba en la puerta me habló mientras vio que estaba leyendo uno por uno: “Si quieres también puedes poner el tuyo”. Ok, “si con esos ojos me lo pides, mi vida, ¿pues cómo no?”, pensé mientras me daba un “post-it” y una pluma.

¿Qué le escribíamos al Gabo pues? No lo dudé ni tantito: “Gabo, gracias por enseñarme a valorar el hielo. Atte. Andrea”. Ante este agradecimiento, reconocer sus obras era algo secundario, ya después habría tiempo para darle las gracias por darle forma al “galanazo” de Florentino Ariza de “El Amor en los Tiempos de Cólera” o por escribir “Relato de un náufrago”, la obra que inspiró a mi abuelo a irse en una balsa hasta Las Australias.

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