La propuesta

“Te traes a unos italianos”, la mayoría de mis amigas me dijeron eso cuando supieron que iría de viaje para allá. Aquí en México, el mito del italiano es un sueño: el galán que te piropeará hasta en pijama, que te seducirá sin preguntarte tu nombre, que te agarrará a besos mientras te encuentras sedada por el mal del puerco ocasionado por una pizza hecha por él.

Cuando regresé, las mismas amigas me preguntaron “¿y qué chingados haces aquí? ¿que no te agarraste un italiano?”. Pues no, aquí estoy y por inútil; en serio y en broma me pregunto “¿por qué no te casaste con el Marco?”, sí con el güey ese que conociste cuando te quedaste casi toda la noche esperando el camión guajolotero que iba de Boloña a Milán”.

El autobús que debía tomar era tan chafa que ni siquiera entraba a la terminal para recoger pasajeros, venía desde No-sé-dónde y su destino final sería París. Yo había comprado un boleto para salir a las 3 am, la idea de elegir ese horario era no pagar hotel en Boloña y dormir un ratito en el camión para amanecer en Milán. Sin embargo, yo pensaba que la espera de ese camión sería de menos en una terminal decente, pero no… nos dijeron que ese autobús recogía a la gente “de pasada” en una cafetería-tiendita (no muy diferente a las de México) enfrente de la terminal.

Okey, pues llegamos con nuestras mochilas por ahí de las 10 de la noche a instalarnos en esa cafetería para esperar y esperar hasta que el bus llegara; habían varias personas haciendo lo mismo, fácil unas diez. Sin embargo, había una que no estaba esperando ningún camión y que la verdad es que nunca entendí que tenía que estar haciendo ahí: era un sujeto como de mi tamaño, de cuerpo un poco cuadrado pero proporcionado, cabello castaño y de cara pues… la verdad no estaba mal, de hecho como que le daba el aire a un crush de aquí. El fulano llegó preguntando en la barra si ahí podía reclamar un premio de la “lotería”, que porque tenía un boleto al que le correspondían mil euros. Y creo que era cierto, pues sacó de su cartera un cartón que se parecía al “GanaGato” de acá.

Me vio y se acercó a hacerme la plática, lo cual estaba cañón porque el sujeto no hablaba ni gota de inglés ni de español, y mi nivel de italiano era muy parecido. La cosa es que con ayuda de algunos intérpretes, los vendedores de la cafetería y los demás cuates que esperaban el mismo camión, fue que pudimos interactuar. Resulta que el güey era de Napoles, que andaba en Boloña de vacas, que se llamaba Marco, que no trabajaba de nada, que tenía 25 años… eso entendí.

Después de 5 minutos de plática con intermediarios, el fulano empezó a intensear: me abrazó del hombro, luego de la espalda, luego de la cintura, luego simplemente le dije “haste pa’allá” y con todo y que no hablaba español, el tal Marco entendió. Eso no fue todo, empezó a decir cosas en “italiañol”: “tú, Andrea, molto bellisima, tú, tenés que venir a Napoli conmigo”, “tú, Andrea, serás mi esposa messicana”, y así… después empezó a decirles a todos que yo me casaría con él y que el vendría a México en Navidad, que para pedir mi mano a mi familia… ¿o sea?

Entre juego y juego dieron las 3 de la mañana y el camión mugre no llegaba, de hecho apareció como una hora tarde y todo ese tiempo el Marco se la pasó diciendo que eso era una señal de yo no debía partir para Milán, que tenía que ir a Nápoles a casarme con él, después me quitó mi celular y empezó a marcar su número para que “lo guardara”, pero como yo no tenía ni saldo pues la llamada nunca le entró, al darse cuenta de eso guardó su número en mi teléfono en los contactos bajo el nombre de “Marco”, ¿okey? Cabe decir que el tipo ni whatsapp tenía ni nada, portaba un “celular del oxxo”. La razón: había perdido su smartphone… ¡no bueno; ya todo lo que les conté, y según ni nos entendíamos!

A las casi 4 am el autobús llegó, todavía el Marco me agarró de la mano y me jaló para que no me subiera, me dijo que se había enamorado perdidamente, que era lo más bonito que había visto en la vida, y jalada y media; pero pues ya… me subí y ahí lo dejé. Cuando me senté en mi asiento del camión pensé por un momento: “¿por qué carajos no me fui mejor a Nápoles?”, pues el autobús estaba súper atascado, olía horrible, venía lleno de niños llorones, y todavía, para acabarla de amolar, me tocó sentarme junto al gemelo de Hagrid de “Harry Potter”, un gordo barbudo enorme que roncaba fortísimo. Total, amanecí en Milán sin haber dormido nada.

No he vuelto a saber nada del tal Marco, ni si pudo reclamar sus mil euros o no. Mientras tanto, su número ahí sigue en mi celular… por eso de si algún día voy a Nápoles.

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