El día que iba a salir en la pastorela de martillo

Alguna vez fui una niña fresa y medio mamona. Sí, cuando tenía seis años no usaba jeans, ni tenis (sólo para deportes), ni pants, ni sudaderas, ni nada que fuera diferente a los outfit de las princesas de Disney, todo lo demás era naco (no sabía ni hablar bien y ya tachaba a otros de nacos); después, pasó el tiempo y la vida, junto con la tele, me educaron y me mostraron otras cosas. Ocurrieron situaciones que me obligaron a entender que yo era una pinche escuincla mortal y que mi destino era más bien ser una Helga Pataki y no una de las fulanas súper populares de “Mean Girls”.

La primera de ellas ocurrió en octubre o noviembre de 1996, en esa época cuando en las escuelas inician los ensayos para las pastorelas. Sucedió que un día entró a mi salón Miss Ch., la directora de la primaria donde estudié con la noticia de que ya sabía de qué íbamos a salir en la pastorela. Empezó a llamar a todos los niños por número de lista, y después de su nombre decía de qué les tocaría salir. Yo era el once, así que no tuve que esperar mucho: fulano, ¡de duende!; mengana, ¡de estrella!; perengana, ¡de muñeca!,  Andrea, ¡de martillo!

Una risa general se escuchó, y de repente mi piel absorbió la mirada de todos.

¿De qué? ¿Que de martillo? Pensé que la Miss Ch. se había equivocado e interrumpí para preguntar: “Miss, miss, no entendí de qué me toca salir”. “De martillo”, me respondió, y siguió leyendo. No recuerdo como se decía “vale madres” en idioma infantil, pero eso me dije: o sea, yo, saldría de martillo, qué horror, eso no era de niñas, hubiera querido que ese papel lo hiciera un tipo de mi salón que se la pasaba molestando las 24/7.

Pero bueno, ya equis, en el catecismo me habían dicho que las cosas que no nos gustaba hacer habría que ofrecérselas a Dios, y pues mi “sacrificio” sería ese: bailar de martillo, mientras todos se reían. Se suponía que en el baile yo sería una de las herramientas de los duendes de Santa Claus y me tocaría salir con ellos.

En mi casa, la noticia fue recibida con bastante gracia, pero nadie comprendió mi tristeza. Mi mamá fue a la Parisina a comprar todo lo necesario para hacer mi disfraz de martillo y mi papá pues me agarraba de bajada de vez en cuando.

Total, los ensayos y la pesadilla iniciaron. Sin embargo, algo me salvó de hacer semejante oso social: mi gracia de elefante y mi desconocimiento de la izquierda y la derecha. Cuando la miss que ponía los pasos decía una cosa, yo hacía otra; gracias a Dios no coordinaba y chocaba con todos los demás que salían en esa escena.

Entonces, un día ocurrió que estaba en el bebedero tomando agua plácidamente, cuando pasó Miss Ch. y me dijo: “Andreita, qué bueno que te veo, me dijeron que cantas muy bonito, así que pensaba que en la pastorela mejor participaras en el coro y no en el baile de las herramientas”. Yo no tenía idea de que cantaba bonito, creo que nunca en la vida le había prestado atención a mi melodiosa voz, pero para efectos prácticos y poder librarme de ser el martillo, tenía que hacer el esfuerzo.

“Sí, yo canto muy bien y muy fuerte”, le dije a Miss Ch. quien me dijo que yo sería la única niña de primero de primaria en participar en ese coro conformado por puros niños de quinto y de sexto, pero como yo cantaba muy muy bonito se podría hacer una excepción. Años después supe que habían mandado llamar a mi mamá para acusarme con ella y decirle que era un fiasco bailando y que ella había sugerido que me metieran a algo de cantar.

A partir de ese día, no volví a ir a los ensayos del baile de martillo, no tengo idea de a quién le habrán enjarentado ese papel, pero aún lo tengo presente en mis oraciones. Empecé a ir al coro y a ensayar “Los Peces en el Río”, “El niño del tambor”, “Falalá-lala” y esas cosas que se cantan en Navidad.

Y pues ya, poco a poco me empecé a hacer amiga de los niños de quinto y sexto, quienes se portaban bastante mal y hacían puros chistes que yo ni entendía, pero al menos sentía que me cuidaban y me enseñaban cosas.

En lugar del oso del martillo, hice el oso de salir cantando hasta adelante, por ser la más chaparra de todo el coro, con una toga roja que me quedaba más larga que mis piernas y hacía que me hiciera bolas al caminar.

Pero bueno, no fui el martillo… cuando tienes problemas para saber cuáles son la izquierda, la derecha, adelante y atrás eso suele ser un lío, pues no hay muchas opciones para un personaje así.

Espero que este año a nadie le toque salir de martillo ni nada parecido, no se lo deseo ni al güey que más bullying me hacía de mi salón.

Bye.

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