Querido 2016:
Te vas en unas horas, pero todo el tiradero que causaste en mí tardará muchos años más en acomodarse; fuiste un año de pocos logros, pero de muchos cambios, aprendizajes, dolor y sobre todo, de verdad. Sí, la verdad nos hace libres, pero cómo duele…
Fuiste un año de tropiezos, errores y preocupación; un examen en el que Dios me puso muchas pruebas para corroborar mi fuerza y aprendizajes previos. Ojalá hubieras sido de otro modo, ojalá no me hubieras marcado tanto, ojalá hubieras sido un año cualquiera, pero no, pasaste por mí para hacerme despertar y levantarme, una vez más.
Pasaron muchas cosa que me dieron inspiración, y muchas otras que me quebraron al nivel de tenerme que armar de nuevo, casi desde cero. Fueron doce meses donde Dios se empeñó a enseñarme a decir «no» y a poner límites a los demás, y sobre todo, a mí misma.
Definitivamente, un año que me recordó que nada es eterno, que me hizo conocer el miedo que se experimenta cuando sabes que alguien que amas puede dejarte para siempre, en cualquier momento; pero también me hizo ver que cualquier fracaso significa una oportunidad para iniciar algo nuevo.
Sin embargo, no todo fue trabajo y aprendizaje: conocí muchas personas que confiaron en mí y me dieron mucho, quizás demasiado; viví un montón de experiencias que compensaron la dureza de las enseñanzas, las cuales ahora recuerdo y me hacen sonreír. En fin, viví; aprendí a decir adiós a muchas cosas y a dejar ir los momentos difíciles, como ahora intento hacerlo con este año que se va.
Bye, bye 2016, no te olvidaré nunca. Gracias por mostrarme un desierto lleno de oasis y palmeras, de dátiles y de cactus. Confío en que muchas cosas hermosas vendrán tras tu partida… un bosque, un jardín de flores, no lo sé; ya lo decidirá la voluntad de Dios.
