Mis vivos

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Se fueron o los dejé ir, ya ni sé; o quizás nunca llegaron aunque estoy segura de que existieron; sea cual sea la forma en que se hayan ido, aún les recuerdo: tal vez nunca los vuelva a ver, tal vez no llegue a conocerlos; como sea ya no están en mi Tierra y sólo forman parte de mi cielo, son estrellas que brillan junto con las de mis muertos, pero la única diferencia es que ellos todavía están vivos, por eso les llamo así: mis vivos.

Son seres que aún existen aunque ya no para mí. En algunos casos tengo sus fotografías, en otros les llevo flores y en otros más sólo pido por ellos, sé que están bien, tienen un Dios y creo que también es el mío. Sé que no me necesitan pues lo tienen a Él y que probablemente yo no signifique una estrella para ellos.

Mis vivos son todos diferentes, hay de todo: el hermano mayor que nunca he conocido, los amores que quise pero deje ir, y se fueron; mi antigua mejor amiga que decidió jamás volver a hablarme, el tío ermitaño que decidió iniciar otra vida lejos de todos, los compañeros de kínder que se perdieron en el camino, las personas que conocí en aeropuertos o en terminales de autobuses y siguieron sin mí hacia su destino.

Así es esto; cada quien tiene los suyos y son únicos: hijos dados en adopción o nunca conocidos, desde el producto de óvulos donados hasta aquellos que sin haberlo decidido, salieron de la vida de uno de sus padres; gente a quien por salud mental decidimos abrir la puerta o seres que amamos pero que por diferencias irreconciliables ya no pudimos mantener entre nosotros.

Algunos de estos vivos resucitan; a veces tres días después, otras 20,000. Hay casos extremos, conozco a una mujer de 62 años que encontró a su madre hace apenas dos. Otros son simplemente la representación del “hijo pródigo” de nuestras vidas, se van y regresan un día sin que tengamos tiempo de pensar si aún hay un lugar disponible para ellos o si hubiéramos preferido seguirlos viendo como astros que sólo aparecen por la noche, cuando no podemos dormir y pensamos en la vida.

Pero, ¿acaso no duele saber que alguien sigue vivo pero está muerto para ti? Por supuesto, pero es lo natural, unas personas se van, después llegan otras; transitan libremente entre nuestro mundo y el de otros. Intentar tener a todos utiliza demasiado espacio; la necedad de querer mantenernos en contacto, promovida por el exceso de comunicación y redes sociales, genera caos; vivir corriendo tras la gente del pasado equivale a mantener en el congelador relaciones ya inexistentes, lazos que en vez de apoyarse en el amor se encuentran unidos mediante supuestos y conexiones vagas.

Nada es para siempre, mi papá me lo explicó fácil: somos todos un árbol con ramas y raíces; las primeras ejemplifican a las personas que están de paso en nuestra vida, algunas hay que podarlas para evitar que nos asfixien; sólo así crecerán nuevas. Sin embargo, las otras, las raíces, siempre estarán y formarán parte de nosotros, aunque físicamente no existan; aquí sucede al revés: todos tenemos a nuestros muertos que para nosotros siempre estarán más vivos que “los vivos”; yo nunca entablé una conversación con mi abuela, pero Doña Loli está más viva para mí que todos mis vivos que he dejado ir, recuerdo cada día uno de sus dichos que llegó a mí por medio de mis tías y de la tradició oral: “de lo que oigas no creas nada, de lo que veas cree la mitad”, y la cito cada vez que encuentro mi celular lleno de cadenas locas en Whatsapp.

La vida sigue, a veces es más fácil superar la partida de los muertos que de “nuestros vivos”, nos aferramos a que tenemos derecho a buscarles y encontrarles sólo porque caminan aún sobre el mismo piso que nosotros. Pero al estar vivos estamos hechos para amar y también para soltar, como las larvas de escorpión que devoran a su madre o como los osos pardos que construyen bardas en sus cuevas para que los hijos no regresen y se vayan a otro lado a hacer su vida.

En el temblor de hace dos días pensé en todos esos vivos, en “mis vivos”, y algunos vinieron a mí, no sé si como fantasmas o como ángeles, sólo para preguntar si estaba bien; después se desvanecieron nuevamente entre los escombros. De otros no supe nada y he decidido no invocar a sus espíritus, espero hayan empezado una nueva vida lejos de aquí, espero sigan vivos para todos, o si así ha de dictarlo la vida, que regresen algún día.

Andrea

 

 

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