Adiós al Uber

Cuando llegó Uber la vida dejó de tener límites. Descargué la aplicación y eliminé los horarios; a partir de ese día poco a poco dejaron de importar cosas que antes eran de vida o muerte tales como: “el metro cierra a las doce”, “tengo que levantarme temprano” o “no quepo en el camión”.

Ese día le vendí mi alma al Diablo sin saber lo que estaba haciendo. Sin querer queriendo me volví adicta a algo que al principio fue una solución y poco después un problema por sí mismo.

Al principio pedía de vez en cuando un Uber para ocasiones especiales como salir tarde del trabajo o ir al cine a una película tarde. En esa época la aplicación era barata, o al menos un poco más que ahora; los choferes eran todos buena onda y muy profesionales, y la gente que usaba la aplicación también era contada. Fue una época bonita la Edad Antigua del Uber.

Poco a poco Uber se fue transformando en algo obligatorio; si la gente te veía salir del trabajo o de una fiesta apenas un poquito tarde te preguntaba: ¿ya pediste tu Uber? Mi respuesta era negativa: “no, me voy, en taxi, camión, a pie…”, a lo que seguía una mirada incómoda o un molesto “pero… ¿por qué?”. Y de aquí en adelante a dar explicaciones: vivo cerca, no tengo dinero, no quiero gastar, el camión se me hace más fácil… blablabla (flojera).

Las razones de la presión para pedir un Uber eran el estatus y la seguridad mezclados; se veía mejor que pedir un taxi cualquiera y parecía más seguro que subirse a una combi a las 10 de la noche. Después el tiempo demostró que no era definitivo: Uber ya no daba estatus y las historias truculentas sobre delitos relacionadas con la marca empezaron a aparecer en el “Extra” y en los noticiarios serios.

Después el Uber dejó de ser en mi vida esa obligación para convertirse en algo instintivo o de supervivencia; un botón de emergencia que se oprimía cada vez que se me hacía tantito o muy muy tarde. Si tenía que salir a las 7:30 y ya eran las 7:52, ¡Uber! Aunque a veces esto ni siquiera solucionaba el contratiempo, muchas veces hice más tiempo en Uber que en transporte público gastando hasta 30 veces lo que hubiera pagado de viajes de metro y camión… ¡una cosa loca!

Así es como Uber se volvió un aliado y patrocinador de los impuntuales, flojos y desorganizados, grupos de los que a veces formo parte, potenciando su impuntualidad, pereza e ingobernabilidad. Es el cómplice perfecto de las personas que no somos realistas respecto a las actividades que planeamos para el día: “voy acá, luego allá, al fin que pido un Uber y llego porque llego”.

Total, para no hacer el cuento más largo he de confesarles que Uber a veces me fastidiaba. Si lo pedía en la mañana por quedarme dormida me sentía incompetente, si lo pedía saliendo del trabajo me tachaba de ineficiente… pero no podía dejarlo (como si fuera una droga). No hallaba la manera de resolver mi vida de otro modo.

Un día, hace pocos días, dije no más: las adicciones son muy caras y eso de ser adicto a Uber no se queda atrás. Adiós a Uber, al menos por un tiempo, es hora de poner límites de nuevo: otra vez irme temprano de donde sea, otra vez planear la vida para regresarme o quedarme con quien toque, otra vez usar el despertador…

No sé si soy la única, pero estoy fastidiada de que al final de cada viaje me cobran lo que quieren y no lo que decía al principio… con el absurdo pretexto de “se recalculó su tarifa por el tráfico y el clima”, también de las rutas del navegador y de que mi calificación baje por pedir las cosas como quiero y no como la aplicación dice. Estoy harta de apoyar indirectamente que en esta ciudad haya más y más automóviles cuando son lo último que necesitamos.

Aún no estoy segura de que esto sea un divorcio definitivo pero creo que es hora de que esta aplicación y yo nos demos un tiempo, así que, Uber, lo siento: ¡no eres tú, soy yo!

2 Respuestas a “Adiós al Uber

  1. A mí me pasó igual, primero con Uber y luego con Cabify. He de confesar que Cabify está mucho mejor pero ya desde hace 3 meses dejé todas esas aplicaciones porque los cobros son absurdos y más cuando peleas contra ti mismo por ser un huevón.

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