La vida sigue igual

Me gusta tener amigos de todas las edades porque siempre me sorprendo con lo que escucho, las pláticas de las personas de los extremos van más allá de los chismes del Facebook y de las decepciones amorosas, van más allá de la vida, o más bien de lo que yo entiendo como vida.

El otro día fui a partir una Rosca de Reyes y me encontré con una amiga de 92 años. Me dio demasiado gusto verla porque ya rara vez sale de su casa pero se animó y platicó conmigo un rato largo. Me contó de su vida, de la Segunda Guerra Mundial y de sus bisnietos que tienen prácticamente mi edad. Después apareció otra señora más grande aún, 101 años para ser exactos. Guardé silencio y empecé a escuchar su conversación:

-A mí me quedan como tres años de vida.- dijo la señora mayor (la más mayor).

-A mí sólo como dos, espero…

-Sí, yo también… ya no quiero vivir tanto, o sea sí me gusta la vida pero ya debe haber cosas más interesantes.

-¡Ay sí! A mí también pero ya hice todo lo que tenía que hacer.

-Yo no pero ya… ya es mucho… Y aquí estoy nada más gastando espacio en el mundo. Si fuera alguien importante todavía… pero no, yo no hago nada.

Uno pensaría que esta conversación tenía un tono lúgubre, depresivo, pero no; era como escuchar a dos amigas normales hablando de la última serie de televisión, hasta reían. Me impactó.

Después fui a mi casa y le conté a mi papá sobre esta conversación, aún sentía el sabor de la rosca mezclado con el ácido de las ñáñaras:

-Papá, yo no le entendí a esa plática.

-Yo tampoco le entiendo… y eso que hace dos años me andaba muriendo, pero deberías escribir sobre eso.- Y así fue como surgió la idea de esta entrada.

A veces pienso que la vida es como una película llena de contrastes. Quienes hayan visto recientemente “Roma” recordarán la escena donde la mamá (Sofía) les acaba de decir a los hijos que el papá se ha ido de la casa mientras se celebra una boda atrás. Hoy me sentí como viviendo algo así: en la tarde vi a Karl, mi amigo más joven, es hijo de una amiga y sólo tiene trece años:

-¿Y a ti qué te trajeron los Reyes?- Le pregunté.

-Ay, Andrea, ¿apoco crees en esas cosas? Los Reyes son los papás. Esas cosas no existen.- Me respondió con un regaño digno de un principiante de la adolescencia.

-Ok… ¿y tus papás no te trajeron nada?

-Ehhh sí, me trajeron gomitas y dulces.- Después Karl se fue a jugar con su pelota y me quedé sola. Me acordé de las señoras de la reunión de la rosca, en fin… como dice la canción: “unos vienen otros van, la vida sigue igual”. Total, este año celebro no haberme sacado ningún muñeco en ninguna rosca. De verdad, respiro la misma paz que si me hubieran borrado del buró de crédito para siempre.

Andrea

 

 

 

 

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