Waterloo

No tuve el gusto de conocer a Napoleón, pero me lo presentaron dos grandes individuos: Beethoven y Víctor Hugo. Tampoco vi en persona a ninguno de los dos, pero Beethoven dejó su 3ra. Sinfonía, “La Heróica” escrita para él, y Víctor Hugo le dedica todo un capítulo de “Los Miserables”. Con eso fue suficiente.

Nadie escuchó nunca la original “Heróica”, porque se dice que el compositor rompió unas hojas de la partitura cuando supo que Napoleón se había coronado a sí mismo emperador y lo hizo de nuevo, pero esta vez como un réquiem; para él Napoleón estaba muerto, ponerse una corona en la cabeza era lo mismo que un balazo… eso equivalía al suicidio de los ideales de libertad e igualdad para retroceder a la arrogancia de Nerón y de Calígula.

Víctor Hugo por su parte, escribe en “Los Miserables” que Napoleón y su grandeza fastidiaban a Dios; ya lo tenían “hasta la madre”.  Ahí explica que Bonaparte no debió haber perdido la batalla de Waterloo, él era mejor que Wellington y que el mundo… pero la mano divina ejerció su derecho y se atrevió a poner un “hasta aquí”. Entonces Napoleón perdió y Waterloo fue de los ingleses.

Napoleón en teoría no podía perder porque ni siquiera sabía como, aunque las cosas estuvieran mal, él se sentía ganador, porque lo era. Víctor Hugo lo describe así:

“Napoleón estaba acostumbrado a mirar la guerra fijamente; no hacía nunca número por número, la suma dolorosa de los pormenores; los guarismos importaban poco, con tal de que diesen este total: victoria. Si los principios se descaminaban, no se alarmaba por ello, él, que se creía dueño y poseedor del final; sabía esperar, y trataba al destino de igual a igual. Parecía decir a la suerte: No te atreverías.”

Pero no, la suerte sí se atrevió:

“Napoleón había sido denunciado en el infinito, y su caída estaba decidida.

Molestaba a Dios.

Waterloo no es una batalla; es el cambio de frente del universo.

Por azares del destino un día fui a Waterloo, no tenía planeado ir y cuando llegué no sabía que estaba ahí, me di cuenta cuando puse Google Maps para buscar donde estaba el McDonalds más cercano y el navegador me mostró que me encontraba a sólo unos minutos a pie del campo de batalla donde Napoleón perdió. Waterloo debería ser un lugar de peregrinación, pero en vez de eso es un pueblo sin importancia a unos 45 minutos de Bruselas donde apenas pasan el aire y el tren.

Mi amiga Paulina y yo caminamos una media hora hasta donde estaba el famoso campo de batalla, llegamos a una loma no muy alta con un león en su punta. Para subir había que pagar como 20 euros por persona, decidimos no pasar y contemplar al león y la pequeña montaña desde afuera. A un lado había una tienda completa a Napoleón, allí vendían hasta calzones de Napoleón… y todo de Napoleón a un precio exhorbitante.

Seguramente Beethoven no lo hizo, pero casi puedo jurar que Víctor Hugo estuvo ahí. Aunque ese lugar no tenía nada impresionante más que un león de latón, por alguna razón la música de Beethoven y las palabras de Víctor Hugo eran ahora más claras; ese sitio era un monumento a la voluntad divina.  Originalmente, la estatua del león se erigió como símbolo de la victoria, pero podía ser también una cruz; un altar donde se venera el hecho de que a veces Dios dice “no”, aún cuando la fuerza y la inteligencia han dicho que “sí”.

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