Parir un elefante

El reloj biológico de cada mujer tiene un sonido de alarma diferente. Algunas lo tienen programado con la canción de “Los Tres Cochinitos” de Cri-cri y cuando suena en la radio porque por error sintonizan “La Cueva del Dinosaurio” se acuerdan de que su momento ha llegado. No sé si todo mundo en esta época híper conectada tenga acceso a “La Cueva del Dinosaurio”, pero para quienes no, les comento que es un programa de radio de música de abuelitos que escuchaba mi papá cuando yo era niña, aunque seguramente hay muchas versiones equivalentes.

Otras señoras (sí, aquí todas somos señoras porque ¿cuándo han conocido a un señorito?), han configurado la alarma con “La Calle de las Sirenas” o con cualquier cosa que suene a los 90 y les recuerde que el tiempo está contando. A veces pasa que apenas empieza la música a sonar y ya están oprimiento el botón de “snooze” o de “cinco minutos (o años)” más.

Aunque nunca elegí el tono para este despertador, lo escuché sonar el otro día; hace como dos o tres meses que abordé un vuelo trasatlántico de unas 10 horas: fue el llanto de un bebé que comenzó con el despegue y terminó con el aterrizaje sobre suelo “hongkonés” o no sé cómo se diga.

Me hubiera gustado hacer lo que hago con todos los despertadores: intentar usarlos una vez, ignorarlos y no volverlos a programar jamás. Saben que los odio, que los evito, que si me tengo que levantar muy temprano prefiero no dormir, o no hacerlo profundamente, odio iniciar el día con ese sonido espantoso. Pero allí no pude, el bebé no se callaba y la alarma del reloj biológico berreaba junto con él.

Sin embargo, me di cuenta que me había equivocado, la alarma no era para hacer lo que todos creen: no-no-no. A veces pasa que suena una alarma y piensas que hay una junta importante pero revisas la agenda y sólo tienes cita para irte a “hacer las uñas” o para tomar un café con una amiga a quien puedes cancelar sin ninguna penalización. No cuenta, aunque sí importa.

Así sucedió, el mensaje de la alarma no decía “fabricar una mini-Andrea”, sino “escribir una novela”. Eso sonó peor, al menos para lo del bebé sé por dónde empezar… con lo de la novela ni idea, además hay que inventar a más de una persona, al menos unos cinco, sólo que seas un genio literario y seas capaz de aventarte una novela con un sólo personaje… eso ni Dostoyevski, aunque “Crimen y Castigo” no dista mucho de ser algo así, por lo menos Raskolnikov interactúa con Sonia, con la prestamista a la que mata, con los policías, con su hermana y con algunos otros seres humanos ficticios más.

Tomo mi cuaderno y comienzo, me quedan como nueve horas del vuelo escuchando al bebé llorar, intento ver la “tele personal” que tengo frente a mi asiento pero no sirve, me cambio de lugar pero resulta que todo el sistema de películas y entretenimiento del avión está descompuesto. Me quejo con la sobrecargo, sólo obtengo un “sorry”, le pido un café y me dice que “no me vienen manejando lo que son bebidas calientes”. Ni modo, me regaño a mí misma por no ser millonaria y tener que viajar en esa aerolínea, por haber elegido precisamente ¡esa! Pero aún así… el mal servicio no puede justificarse.

En fin, el bebé sigue llorando y lo entiendo, si no pudiera escribir estaría chillando igual (o peor). Estoy de malas, llevo muchas horas sin dormir y aún me faltan más. Regreso a mi cuaderno, sigamos haciendo personajes, uno de ellos lleva tres párrafos de vida y ya me cae mal, ¿y si lo matamos? Eso de la novela está muy difícil, eso de ser el “poder superior” o “el Dios” de los personajes es mucho compromiso, implica gran responsabilidad, no puede ser que yo sea la que decide quién se enamora y quién se muere, ambas situaciones igual de graves.

Aterricé a las siete de la noche (horario de Hong Kong), me tocaban 10 horas de escala, me acomodé con una cobija en una banca del aeropuerto. Seguí trabajando en la novela, al menos ahora sin alarma, sin bebé de fondo. Desde entonces no he parado, la historia lleva varios meses de embarazo, aunque al paso que voy y con la cantidad de trabajo que tengo no sé si tendré un libro o un elefante.

 

Andrea

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