El vestido que llegó de la nada

Hoy extraño a mi mamá, sé que pocas veces hablo de ella, o más bien pocas veces hablo en serio de ella, casi siempre me rio de su profesión, de que fui su experimento fallido, una hipótesis incorrecta. Como muchos que me leen desde hace tiempo, mi madre es psicóloga y tuvo una hija con suficientes problemas mentales como para probar todos sus remedios, esa es la historia de Andrea.

Hoy me acordé mucho de ella, de su manera de educarme, de sus alarmas, de sus cronómetros, de sus reglas: cada hora de televisión se pagaba con una hora de ejercicio; de sus juegos: lavar la ropa era jugar a la tintorería; de su sentido no común: como cuando me corté el dedo y en vez de buscar un médico, me llevó con el veterinario que estaba al lado de su negocio “¿porque iba a perder más tiempo en lo que buscaba al doctor de humanos si el doctor de perros podía hacer lo mismo? Ponerme mertiolate, curarme y evitar que me saliera más sangre”.

Y también me acordé de cuando me subía al coche y no íbamos a ningún destino estricto, sólo a dar la vuelta para que mi hermana se durmiera; Diana era de esas niñas que apenas se suben al coche y ya están roncando. Ya que mi hermana cerraba los ojos me daba un billete de veinte pesos para que me bajara yo sola a comprar dos helados o dos cafés y nos seguíamos en el coche mientras platicábamos.

Y hoy, sin un solo parque abierto, sin una cafetería con las mesas disponibles, sin una banqueta libre del escrutinio, volví a la vieja costumbre de ir a dar la vuelta. Y en ese viaje me acordé de mi mejor anécdota con ella, de su magia; sucedió que un día fui a casa de Carla, mi mejor amiga de la infancia. Fue un domingo de pascua y a su mamá le gustaba prepararnos la dinámica de que encontráramos huevos de chocolate. Esa actividad no es muy común en México, pero como ella estudiaba en un colegio bicultural tenía mucha influencia de las costumbres de Estados Unidos.

Sucedió que después de hacer lo de los huevos, Carla y yo estábamos echando relajo junto a la alberca y en un resbalón nos caímos las dos… sí, con vestido y toda la cosa, después nos salimos y nos ensuciamos con lodo. Extrañamente en ese momento vi que alguien me gritaba por la reja, era mi mamá: “Andy, ¡mira lo que te hice!”. Mientras yo jugaba con mi amiga, mi mamá había cosido un vestido nuevo para mí. No existían los celulares, o más bien si existían pero no aún para niñas de ocho años; yo nunca le dije a mi mamá que había arruinado la ropa que traía y que necesitaría una muda, ella llegó sola. Yo no le pedí el vestido, a ella se le ocurrió.

Dejé lo que estaba haciendo y fui corriendo por él. Al poco tiempo salió la mamá de mi amiga y nos regañó por nuestras fachas: “Niñas tienen que cambiarse, y tengo que buscar un vestido prestado para Andrea”. “No te preocupes, no voy a ocuparlo”, le respondí y le expliqué después lo que había sucedido. Vi su cara de sorpresa: “no entiendo Andrea, ¿cómo?, ¿le hablaste a tu mamá para avisarle que necesitabas un vestido? Pero si yo tengo el teléfono… de verdad, no entiendo”. Le mostré el vestido, aún con olor a tela nueva y se sacó mucho de onda. ¿Casualidad? ¿Telepatía? ¿Sexto sentido? ¿Brujería?

Al poco rato mi mamá pasó por mí, la anécdota quedó guardada en el olvido por muchos años hasta hoy, que fui a dar la vuelta y que me encontré con esta foto donde traigo puesto el vestido de esa historia.

 

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