Meritocracia e individualismo: los cuentos que me creí

¿Recuerdas la última vez que te dijeron que lo habías logrado todo solo y sentiste bonito? Yo sí, entraba a una sala de juntas; uno de los ahí presentes mencionó que yo era hija de `un gran maestro de la Comunicación´, otro invitado lo corrigió diciéndole que yo lo había hecho todo sola. No era necesaria esa intervención, no sumó ni restó, sólo que en ese momento me hizo sentir bien. Tan bien como si me hubieran dicho que era tan buena en golf como Tiger Woods. Y lo cierto es que ambos cumplidos se parecían demasiado en la mentira que había dentro de ellos.

Nunca he jugado golf, quizás algún día lo intente, me interesa algún día aprender un deporte que realmente pueda hacer sola, aunque creo que necesitas al menos de otros para tener cierto parámetro. Así como no tengo idea de golf, tampoco tengo idea de cómo habría sido progresar en la vida haciéndolo todo sola. ¿Por qué presumía de eso entonces? La respuesta está disponible en el refrán que ya todos se saben: dime de qué presumes y te diré de qué careces.

Así que carecía de cosas que hubiera logrado realmente sola, y creo que en eso me parezco al 99.99% de los humanos pertenecientes a la sociedad que sea. Nadie, ni el niño más abandonado que sale adelante es el resultado de una buena combinación de factores y contextos: las personas que se hayan hecho cargo, sus maestros, sus amigos, el gobierno, su país, su pueblo, su código genético.

Durante muchos años me obsesioné con demostrar que había logrado muchas cosas sola: mi título de la universidad, mis trabajos, las diez monedas que había en mi cuenta de banco; era como si siempre quisiera recortarme de todas las fotos, quitar el fondo y a los acompañantes y verme a mí sin nadie más. La analogía suena muy narcisista pero así es.

Cuando me di cuenta de esto me aterré: yo no era nada sin mis papás, sin el país donde crecí, sin los amigos que conocí, sin los maestros que tuve, sin el colegio al que asistí. Nada. Después usé el mismo razonamiento para entender que no era del todo mi culpa haber pensado así por tantos años; yo no me inventé que los logros individuales son los que cuentan, nunca se me hubiera ocurrido, eso lo aprendí de la cultura en la que crecí que aplaude el egocentrismo. La meritocracia nos forma detrás del muro del narcisismo.

Esta forma de pensar que solo aplaude y reconoce el trabajo individual genera seres socialmente mutilados y que difícilmente aprenden a trabajar en equipo. Este pensamiento es el culpable de los jefes tóxicos, de muchos casos de explotación laboral y de un montón de trastornos psiquiátricos. La gente se vuelve ansiosa y depresiva por estar tratando de pisotearse a sí misma y de anular sus vínculos afectivos y sociales con tal de lograr la victoria individual.

Cuando me di cuenta de esto mi vida dejó de ser tan estresante, dejó de importarme que me dieran nuevas medallas porque ya no se me hicieron tan necesarias. Extrañamente comencé a llevarme mejor con mis jefes pues aprendí a cooperar con ellos en lugar de estar buscando señalar sus errores o demostrarles que yo podía hacer mejor su trabajo. Empecé a pensar que no hacía falta vivir trabajando en mi propia campaña para demostrarle a la gente que yo podía ser la mejor en algo. No, si yo podía ser la mejor en mi trabajo eso era solo el reflejo de que mi equipo también estaba progresando. Aprendes poco a poco a no recortarte de las imágenes grupales para mejor poner atención en que la foto de todos salga un poco más bonito.

Y a veces puede ser un fastidio. Es un golpe al ego pensar que si te dan un diploma tienes que imprimir otros cien para dárselos a todos los que están atrás. La cajera del banco te dice que tienes letra bonita y le das las gracias en nombre de tu maestra de primer grado que te puso a hacer tarea extra de caligrafía porque parecía que escribías con las patas. Pero ese pequeño fastidio no se compara con lo liviana que se vuelve la existencia, dejas de hacer cosas sólo por demostrar y empiezas actuar; la victimización triunfante que acompaña el raquítico pensamiento de `lo hice todo solo´ deja de molestarte y entonces, al ya no haber víctima de las circunstancias, el camino vuelve a empezar.

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