La amaxofobia existe y es horrible

La amaxofobia es una cosa horrible, quizás pocos conocen esta palabra, se trata del miedo (o fobia) a manejar, normalmente un automóvil. Para muchos manejar es algo natural: se aprende a gatear, luego a caminar, después correr, finalmente en la adolescencia la sociedad dicta que debemos conducir. Se ve cool llegar a la escuela en tu propio coche, o al menos en el carro prestado de tus papás. He escuchado que la gente siente una gran euforia la primera vez que pisa a fondo el acelerador.

Para mí no fue así, de los 15 hasta casi los 30 manejar fue una pesadilla. A esa edad mi papá me regaló un coche medio destartalado: un Shadow modelo 94 que le fallaba todo: no le servía el velocímetro (ibas a 40 y marcaba 80), el indicador de la gasolina siempre estaba en 1/4 por lo que tenías que calcularle para no quedarte tirado. Después el motor estaba muy abajo y se le rompía el cárter con facilidad. Lo bueno es que era automático y lo usaría sólo “para aprender”. Sin embargo, no aprendí.

La primera vez que manejé fue de la escuela a la casa, mi mamá venía conmigo. Lo hice demasiado mal, llegué a la casa con la ropa empapada, náuseas, dolor de cabeza, taquicardia y llorando. El fin de semana mi papá me llevó a unas calles empedradas a que aprendiera y su método tampoco sirvió, el se bajó del coche y empezó a caminar de espaldas indicando a dónde debía seguirlo. Mi mamá estaba en el asiento delantero también estresada de que esa metodología pudiera causar un accidente. El resultado fue igual, llegué a la casa hecha lágrimas y devolví todo lo que había desayunado. Me sentía impotente y tonta. No entendía por qué para los demás niños de mi escuela esto era tan simple.

Las siguientes veces que manejé fueron desastrosas. A veces tenía mala suerte, otras mi ansiedad tan fuerte hacía que me distrajera y yo misma causara mis propios accidentes: un día me metí a una zanja, otro el coche se me quedó parado en medio de una subida, después le di un golpe al estacionarme, otro se le deshizó una llanta, y finalmente me quedé sin frenos, pasando por todas las nimiedades conocidas como dejar las luces prendidas y que amanezca el coche sin batería. También un día sucedió que me detuvieron los policías pues mi papá reportó el coche como robado porque no podía creer que después de tanta tontería me hubiera atrevido a agarrar el coche sola para llevar a mi hermana al colegio porque se había quedado dormida y nuestra vecina la dejó.

Una tras otra. Incluso me metí a un curso de manejo y no fue suficiente. La mayor vergüenza llegó cuando mi hermana seis años menor empezó a ser la que me llevaba y me traía. Me sentía demasiado triste de no servir para eso y llegué a pensar que algo hacía falta en mi cerebro para poder medir espacios y revisar detalles. Cuando vivía en México aprendí a cubrir esa deficiencia aprendiendo todas las líneas del metro y de los camiones. Sabía cómo llegar perfecto desde Xochimilco hasta el Condado de Sayavedra en transporte público. A pesar de que mi familia y mis amigos me preguntaban sobre cuándo me compraría mi coche siempre les decía que el automóvil no era necesario en la ciudad, que no quería contaminar, que no valía la pena, cuando la verdadera razón era “porque no sirvo para esto”.

El escenario empeoró cuando me mudé a Texas a una ciudad donde el transporte público es casi inexistente y todo mundo tiene camionetas enormes. El primer año fue muy difícil, trataba de caminar, pedir aventones, evitar el coche a toda costa. La cosa empeoró cuando intenté sacar mi licencia de manejar y reprobé el examen porque no pude concentrarme. Me sentía demasiado mal, tenía miedo de usar el coche y tener que dar muchas explicaciones cuando el policía viera mi licencia mexicana (en México se obtiene sin examen), y que además me notara terriblemente nerviosa porque este era mi estado natural en el asiento del conductor. Me estacionaba lejos siempre, me negaba a dar aventones, evitaba cualquier compromiso social que me obligara a agarrar el volante.

Sin embargo, este problema tiene solución, o al menos lo tuvo para mí. La mentada amaxofobia no se quita con antidepresivos ni con sedantes, se resuelve pensando que tienes que superarlo como si toda tu vida dependiera de ello (porque en parte así es), regresando al pasado y empezando desde cero, yendo de menos a más. Siendo consciente de tus propias limitaciones y poniéndote estricto. Pensando que las calles son de todos y que uno tiene que ser paciente consigo mismo y con los demás, no haciendo caso de los que te tocan el claxon ni de los que te critican por no hacerlo tan bien como ellos, no sintiéndote ofendida porque te digan que eres “mujer y que por eso eres mala”, ese puede ser el caso de otras personas pero no tiene que ser el tuyo.

Después de un año regresé a la oficina donde sacas la licencia de manejar y pedí que me dieran una que les dan a los adolescentes que están aprendiendo, la cual se ve como una tarjeta normal pero te obliga a ir acompañado de otro adulto responsable. Me sentía triste por eso, pero más triste sería quedarme toda la vida así. Me di unas semanas para practicar más y aprender a estacionarme en paralelo, después puse la fecha límite en el calendario y saqué la cita para hacer el examen práctico, con la idea de repetirlo todas las veces que fueran necesarias.

Tenía la cita a las 2:15 y a las 2:00 ya estaba ahí, me subí con la examinadora y me hizo poner las direccionales, tocar el claxon y lo básico, después fuimos al temido estacionamiento en paralelo, lo hice a la primera; lo siguiente fue dar una vuelta por unas calles cercanas y echarme de reversa. A los 5 minutos estaba de regreso, me pareció lo más tonto, fácil y chafa. A la semana llegó mi licencia de manejo, sin ninguna restricción ni anotación. Me sentía como una persona normal con derecho a ir y venir a todos lados. Me pregunté a mí misma ¿cómo fue que me inventé ese monstruo que había llevado conmigo en el asiento de enfrente durante 15 años?

De tener la famosa amaxofobia, ahora hasta en mis tiempos libres manejo en DoorDash y todos los pedidos han llegado su destino. Ya no tengo miedo de crearme mis propios accidentes, pues sé que muchos de ellos ocurren en la mente.

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