Propósito cumplido: no parar bola

En la última agencia de publicidad donde trabajé de planta tuve un jefe venezolano muy interesante. A él le di un gran regalo de Navidad renunciándole un 24 de diciembre del 2017 porque iba a lanzarme a ser independiente y a volver a jugar tenis; la mejor decisión que he tomado hasta hoy.

Quedamos bien, a la fecha le tengo mucho aprecio y sí, a pesar de que no tiene el carácter más fácil volvería a trabajar con él las veces que se pueda. Le agradezco muchas cosas, en especial dos: me regaló las raquetas de tenis con las que hasta ahora juego y cuando pienso que ya es tiempo de cambiarlas o hacerles algo me acuerdo del momento tan emotivo en el que me las dio por ser la mejor empleada de ese año. La segunda cosa que le agradezco es que me enseñó una expresión venezolana que tardé tiempo en entender: no parar bola.

En esa agencia fui Community Manager, después Social Media Manager y también probé el lado de ser ejecutiva como muchas cosas que he hecho en la vida: por casualidad. Necesitaban un ejecutivo para una cuenta nueva cuyo manager era famoso por dramático y les dije que yo podía hacerlo. Me capacitaron, me dijeron cuáles eran mis responsabilidades y de ahí a trabajar.

Este cliente pedía una cosa, luego otra, después no le gustaba y volvía a la anterior. Cada que tenía una junta con él pasaba media hora hablando de su vida y después iba al grano. Era famoso por sus discursos de motivación llenos de palabras y comentarios clasistas. Como era la primera vez que yo era ejecutiva de cuentas de alguien quería quedar bien, escucharlo con estoicismo y cumplirle todos sus caprichos.

Yo me encargaba de reportarle todos los dramas y requerimientos a mi jefe, quien un día cansado de escucharme me dijo: «no le pares bola». En mi mente complaciente me imaginé que esto significaba que había que hacerle mucho caso. Paso una semana, la siguiente junta fue igual, mis palabras fueron las mismas: «es que fulano me pidió, me cambió, me dijo, me hizo, etcétera y más». Entonces mi jefe exclamó medio desesperado: ¡ya te dije que no le pares bola! Esta vez sí me atreví a preguntar: ¿y eso que significa? Entonces me explicó: pues que no le hagas mucho caso, que hable y escucha lo que tenga sentido, lo demás… ¡bah!

No parar bola… significa no poner atención, «no pelar» en español mexicano. Y este 2022 que terminó pasó a la historia, a mi historia por haber sido el año de aprender a «no parar bola»: a no poner atención a cosas que no valen la pena, a no engancharme con el drama de nadie, a no tomar personales cosas que pueden no tener nada que ver conmigo o que no puedo solucionar, a no discutir por situaciones que en un mes nadie se acordará de ellas.

Tardé varios años en digerir esta frase, la idea de no hacer caso se me hacía de lo más antipática y egoísta, porque todos tenemos algo que decir, pero un día me cayó el veinte: sí, todos tienen algo que decir, pero eso es muy diferente de que uno tenga que apropiarse de todo lo que le dicen. Y ahí me pongo como proceso de rutina la prueba de los tres tamices de Sócrates a la inversa. Sócrates predicaba que si uno iba a abrir la boca habría que preguntarse primero si la cosa que se va a decir es cierta, buena o útil. Al revés significaría preguntarse si lo que se escucha es cierto, bueno o al menos sirve de algo. Una queja puede no ser ni cierta ni buena pero al menos a veces resulta útil si aporta algo. Es probable que un chisme no cumpla ninguno de los tres filtros, lo mismo puede suceder con un regaño o una opinión al aire. Cosas a las que definitivamente hay que dejar pasar como si fueran el sonido del agua y no pararles más bola. Eso aprendí este año que terminó.

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